Un año pensado

 

bansky

El cambio que significó la llegada de Mauricio Macri al gobierno, un año atrás, nos obligó a los editores de este blog a tratar de seguir haciendo algo que todavía nos divierte hacer. Es un ciclo que empieza siempre con la sorpresa -siempre fuimos de sorprendernos-, sigue con algo de debate, continúa con la recuperación de algunas lecturas y la necesidad de compartir todo eso con los lectores.

En 2014 nos había empezado a rondar una idea: no se avecinaban en la Argentina tiempos de mayor “moderación” política. Por un lado, porque nos parecía que ninguno de los candidatos que se perfilaban en el terreno político -Mauricio Macri, Sergio Massa y Daniel Scioli- tenían realmente pasta de “moderado”. Cada uno a su modo mostraba su costado “ultra”. Pero además ocurre algo estructural. Un gobierno que se asiente sobre la “moderación”, que no se ponga espalda con espalda con alguno de los sectores “duros” sociales -ya sean, por decir, los sindicatos o los empresarios-, que no tenga algún anclaje concreto que no sea “la gente” o “las clases medias”, se puede volar con el viento en la Argentina. Dicho también de otro modo: Cristina Kirchner no elegía ser “poco moderada”. Era lo único que le dejaba a mano la realidad para gobernar por un tiempo más o menos largo la Argentina.

A horas de consagrado Macri como presidente electo, entonces, analizamos:

“El gobierno que llega tiene fortalezas y debilidades. Cuenta con algunos -y muy buenos recursos- por nombrar sólo un par que no se suelen nombrar, pero como para tengamos dimensión: el primero (Nación), el tercero (Provincia) y el noveno (Ciudad) mayores bancos del país. Y la más importante empresa argentina (YPF). Pavadas como -arriesgamos a ojo, sin datos- el manejo de la mayor cantidad de uniformados (fuerzas federales, fuerzas provinciales y fuerzas armadas) por habitante en 30 años de democracia. Sumemos medios privados y el calor de la Justicia. Las debilidades se conocen: la principal son pocos gobernadores, no hay control “más o menos directo” de sindicatos y muy pocas bancas en el Senado y en Diputados. Estrictamente hablando el PRO solo no llega al tercio en ninguna de las dos cámaras. ¿Puede Macri tener éxito político (ser electo, reelecto, contar con amplios márgenes de maniobra para llevar adelante su agenda) y altos niveles de popularidad? Sí. Depende de él y de su pericia para gobernar, como suele ocurrir en nuestros países”.

Al asumir Macri comentamos que la única palabra o variable clave que parecía estar plantada en el ADN del gobierno naciente era la de “modernización”, una palabra que en la Argentina tiene una resonancia y una historia particulares. Y que el resto eran incógnitas que el gobierno debía despejar.

“Algo que parece claro es que resurge en la Historia argentina una nueva promesa de modernización (Civilización o Barbarie no existe, pero que la hay la hay), lo que implica adaptar las acciones del gobierno a aquello que proviene de los países desarrollados, a “estar al día” con “lo nuevo” y no a una forma de ser propia”.

Y con el Gabinete puesto y el gobierno ya en marcha pudimos recordar que el PRO no había sido precisamente un campo de margaritas democráticas en su gestión en el Gobierno de la Ciudad.

Una lectura que nos acompañó todo el año para entender si este gobierno era “una vuelta a los 90s”, si era “neoliberal” o desarrollista o qué, fue la de los clásicos de Guillermo O’Donnell sobre el Estado en Argentina y Brasil a fines de la década del 60 y principios de la del 70, Modernización y Autoritarismo y El Estado Burocrático Autoritario.

Este liberalismo,  (…) no era antiestatista ni proponía un retorno al laissez-faire. (…) Además, no es hostil per se a una expansión del aparato estatal, ni siquiera de sus actividades económicas -lo que lo aleja del laissez-faire de algunos de sus aliados más tradicionales-, siempre que sirva a la expansión de la estructura productiva oligopólica de la que surgen sus principales portavoces”.

La vinculaciones promueven el mutuo reconocimiento. Cualquiera que sea el sector social dentro del cual operan, quienes desempeñan roles tecnocráticos comparten importantes características. Sus modelos de roles y con ellos sus expectativas acerca del estado “adecuado” del contexto social, provienen de las mismas sociedades. Su entrenamiento señala una modalidad “técnica” de solución de problemas. Los aspectos afectivos o emocionales de los problemas carecen de sentido, las ambigüedades de la negociación y del quehacer político son obstáculos para las decisiones “racionales”, el conflicto es por definición “disfuncional”. Sus “mapas” de la realidad social, las premisas que sesgan la percepción y evaluación de la realidad social, son similares. Lo que es “eficiente” es bueno, y resultados eficientes son aquellos que pueden ser fácilmente cuantificados y medidos. El resto es “ruido” que un tomador “racional” de decisiones debe tratar de eliminar de su cuadro de atención. El tejido de la realidad social es radicalmente (en algunos casos uno tal vez debería decir “brutalmente”) simplificado. Es posible que esa simplificación no sea negada en sí misma, pero es vista como un requisito indispensable para poder manipular la realidad social en la dirección de lo “eficiente”. La resistencia de muchos problemas, y de muchos sectores que se hallan detrás de esos problemas, a ser agotados o subsumidos completamente en consideraciones de eficiencia, tiende a ser vista como indicación de cuánto “progreso” queda aún por obtener”.

En enero ya quedaba claro algo del “juego brusco” del que no se iba a privar el PRO. Y que si bien la derecha no se baña dos veces en el mismo río, “en todo proceso histórico político, los actores y los modelos a seguir no son interminables”. Así, enfatizar el adjetivo “nueva” por sobre el sustantivo “derecha” nos parecía que confundía más de lo que aclaraba.

Pensar la oposición, al mismo tiempo, aparecía como el espejo de estas reflexiones; sin esto ser matemática, tampoco hay tantas alternativas: “El macrismo tiene su base social en las clases alta y media-alta. Desde el punto de vista ideológico, puede ser catalogado como una fuerza de centro-derecha. Nuestro argumento central es que es necesario constituir entonces una alternativa de centro-izquierda, con eje en el peronismo pero que lo exceda. Así funcionó el Frente para la Victoria durante todos estos años, representando a una clase media progresista y a enormes capas de trabajadores y sectores populares”. También las relecturas sobre lo que había sido la dinámica no siempre lineal del peronismo de los 80 nos ayudaba a imaginarnos que los más “amigables” con el Gobierno naciente no necesariamente lo serían para siempre.

En el terreno económico, para marzo ya se veía a su vez que, como en El Principito, el gradualismo es invisible a los ojos y que la “exitosa salida del cepo” iba a ser pagada durante todo el año. El segundo semestre empezaba a ser un sueño eterno.

Tener un diagnóstico tampoco significaba quedarse mirando panza arriba. ”¿Que la actual derecha en el gobierno no sea novedosa quiere decir que las respuestas políticas ante ella no deban serlo? Para nada”, nos parecía importante advertir.

Las turbulencias políticas en Brasil dieron en ese contexto cuenta de que no sólo había terminado el gobierno de Cristina sino que ocurría algo más grande en la región. ¿Pero se trata del inicio de un nuevo “ciclo largo” aunque de derecha o más bien un momento de turbulencias continuadas y que incluso puede augurar nuevas inestabilidades? La situación que enfrenta Michel Temer para fin de este 2016 nos hace pensar que quizás sea una pregunta a la que hay más jugo para sacarle. Fue un año en el que se pensó mucho lo regional y los cambios registrados y recurrir a los análisis más lúcidos nos ayudó a entender más.

En ese contexto, había algo de la manera de gobernar del PRO que nos impactaba y que tenía que ver con el elemento de la “sensibilidad” ( o su falta) y un origen social y una experiencia de vida en varios de los principales referentes del elenco gobernante que dificulta la comprensión de determinados fenómenos (¿se dice “papá” o “mi papá”?).

El impacto por los “bolsos de López” le dieron aire al Gobierno a mitad de año, pero se trataba de mucho más que eso y que requería a su vez ser pensado. ¿Y eso borraba todo lo ocurrido algún tiempo atrás en el país y en la región? Difícilmente.

Al mismo tiempo la cosa se movía. ¿Y si aparecía el “segundo semestre”? ¿Y si el Gobierno se colocaba en la pole position para las elecciones de 2017? Había algo en las propias palabras de los protagonistas cuando hablaban en la “cocina de sus casas” que nos daban la pauta de que la situación no estaba definida ni mucho menos.

Por otra parte, pensar sobre la reforma electoral que planteaba el Gobierno era otro elemento para nada “técnico” ni “instrumental” que nos decía mucho sobre el tipo de gobierno que se estaba desplegando. (Algunos de los apuntes sobre la -hasta ahora- fallida reforma aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí).

Con todo esto en mente es que también pudimos pensar que este no es un gobierno que se piensa como “uno más” de entre los no-peronistas sino que quiere cambiar el conocido juego del fútbol por otra cosa, posiblemente:

En este esquema que se plantea, las nuevas  jerarquías y trayectorias sociales en política y nuevos (¿o son viejos?) temas implicarían, de ser efectivamente rutinizados, algo así como empezar a jugar al rugby en un lugar en el que -a no confundirse- no ya por doce, sino por cien años se jugó al fútbol. Por ejemplo: pasar de un sistema electoral donde los partidos políticos tienen mucho peso el día de las elecciones a uno donde “se baja el precio para que un partido chico pueda competir” (como lo dijo Mauricio Macri el otro día) es refundacional. Pasar de un sistema donde los jueces de la Corte Suprema se nombran en el Senado a otro donde se nombran por decreto es (hubiera sido) refundacional. Pasar a un sistema donde los sindicatos pasen de ser representantes de los trabajadores contra los patrones a ser sus socios y cogarantes sería refundacional. Pasar de un país en el que todo el mundo protesta libremente, toma escuelas, hace huelgas y corta calles a un país en el que las personas que protestan mucho van presas, es refundacional. Pasar de un país en el que los trabajadores no permiten que nadie les diga que no pueden tener consumos de lujo a un país en el que los políticos les dicen a los trabajadores permanentemente que tienen demasiado y que no lo merecen, es refundacional. Pasar de un país en el que la educación superior es un derecho a un país en el que la mera existencia de universidades en funcionamiento debe ser justificada y explicada como si se tratara de un gasto de lujo, es refundacional. Pasar de un país en el que las políticas de memoria ubican a la última dictadura cívico-militar como un genocidio a un país en el que un funcionario por día debate el número de desaparecidos, es refundacional. Lograr un país en donde la identidad kirchnerista, que obtuvo el 30% del voto como piso desde 2005 hasta 2015, desaparezca por completo, sería también refundacional. Este es el espíritu refundacional de Cambiemos. Las refundaciones (o los intentos de ella) son intentos de reescribir un país que se apoyan sobre el borramiento de otro país. Como las de la Generación del 80, la Revolución Argentina o la última dictadura militar. El actual aspira a ser un gobierno refundacional de derecha. Y como tal pretende, volviendo a Weber, modificar la dinámica de la dominación.

10 de diciembre, un año ya. El futuro no lo podemos predecir. Seguramente nos seguiremos sorprendiendo y lo seguiremos pensando. Y, como desde el inicio de este colectivo, allá por 2008, manifestando que “en política, quien calla, otorga”.

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