Un desafío para la oposición

 

El último cacerolazo fue masivo: una masividad que algunos no se esperaban, luego de la muy menguada asistencia a los cacerolazos de meses anteriores. Sin embargo, la asistencia a la última movilización, y la convocatoria ya adelantada para un nuevo cacerolazo en la primera semana de noviembre permiten afirmar, sin dudas, que existe un sector significativo de la sociedad que es, de manera rotunda y asertiva,antikirchnerista. Este sector, vocal y movilizado, demuestra, primero, que sigue estando ahí luego de la victoria kirchnerista del 54%, que está dispuesto a ganar el espacio público para protestar contra el Gobierno, y que existe el sustrato, y la demanda, para una fuerza opositora al kirchnerismo que tenga perspectivas electorales.

Hay que decir “existe el sustrato” porque hay una base de posibilidad, no una fuerza concreta (como demostraron los inéditos casi cuarenta puntos de diferencia que existieron en la elección presidencial de 2011 entre la primera y la segunda fórmula). De hecho, muchos analistas resaltaron que el último cacerolazo no fue sólo una protesta contra el Gobierno sino también un llamado de atención a los partidos de la oposición, que obligan a la gente a salir a la calle porque “no cumplen con su deber” de articular una fuerza electoral con perspectivas de derrotar al kirchnerismo. La paradoja, para el analista, es esta: existen, sin duda, grupos sociales numéricamente importantes (aunque, por ahora, no mayoritarios) que quieren expresarse en tanto oposición dura al kirchnerismo y, sin embargo, estos mismos sectores dicen estar disconformes con las opciones que los partidos opositores les ofrecen, aún cuando existe una oferta abundante de partidos opositores.

Es decir, no puede decirse que en la Argentina hay una falta de políticos opositores. Antes bien, existen al menos cuatro fuerzas nacionales opositoras, que incluyen a media docena de políticos con conocimiento nacional. Entre el PO, el FAP, Proyecto Sur, la UCR, el PRO y el Peronismo Federal se recorre el arco de la izquierda a la centroderecha. Figuras como Jorge Altamira, Hermes Binner, Pino Solanas, Ricardo Alfonsín, Mauricio Macri, Franciso De Narváez y Eduardo Duhalde vienen hace años denunciando vocalmente las falencias, limitaciones e inclusive la supuesta mala voluntad abierta del Gobierno kirchnerista.

¿Qué es lo que falta, en concreto, para que una de estas figuras se recorte como la cara visible de la oposición? ¿Por qué las demandas de los sectores sociales antikirchneristas no terminan de articularse en una cadena de ideas que pueda ser el embrión de una alianza programática? Una intuición que se ha presentado más claramente en estas semanas es que el límite de la oposición lo constituye su reluctancia a articular un discurso económico que diga, fuerte y claro, que haría las cosas de manera diferente (muy diferente) al Gobierno en materia económica. Vale decir: la mayoría de las figuras partidarias opositoras concentran sus críticas al kirchnerismo en los aspectos institucionalesrepublicanos y hacen blanco en temas como el autoritarismo, la falta de consenso, la debilidad institucional, el clientelismo y la destrucción de la credibilidad del Indec, entre otros.

Sin embargo, estas críticas (que son obviamente compartidas por la imensa mayoría de los que salieron a movilizarse con sus cacerolas) son una condición suficiente, más no necesaria, para atrapar la imaginación de los sectores opositores y construir un partido con capacidad electoral. Y esto es así por dos razones. La primera es que las críticas institucionalistas son muy importantes para una pluralidad intensa, pero no para la totalidad del país. Como demostró la victoria del kirchnerismo en 2011, una mayoría de la población revisó estas cuestiones, las sopesó y, aún así, votó al kirchnerismo. Las falencias institucionales (reales o percibidas) del kirchnerismo fueron ya descontadas por una parte importante de la población, que demostró que privilegia otros criterios para decidir su voto.

La segunda razón es que, así como en el 2008 el éxito de la movilización de los sectores empresarios agrícolas fue exitosa porque, discursos republicanos aparte, expresaba una demanda económica concreta de un sector social concreto, estas movilizaciones demuestran que a una parte (potencialmente importante) de la sociedad tiene demandas que son, antes que nada, económicas, y que esta parte de la sociedad está pidiendo que a sus demandas económicas se les conteste con un discurso de política económica. Las quejas por la restricción al ahorro en dólares, por las restricciones a los gastos con tarjeta en el exterior, por el impacto de la inflación y (más en general) por lo que ciertos grupos interpretan como la redistribución injustificada de ingresos provenientes de las clases medias hacia las clases más pobres vía políticas sociales estatales son cuestiones estrictamente del orden económico, y deberían (idealmente) ser respondidas por una fuerza política que ofrezca un catálogo de medidas económicas que cumpla con estas demandas.

Las preferencias de política económica de este electorado vacante son bastante claras y completamente legítimas. Es llamativo que no sean recogidas por ninguno de los partidos nacionales.

En síntesis: una parte de la población está demandando que una fuerza política diga fuerte y claro “nosotros no vamos a ser autoritarios y vamos a buscar diálogo y consenso, y además vamos a liberar la compra de dólares para ahorro particular, liberalizar los mercados, restringir la redistribución del ingreso vía política social, controlar la inflación vía apertura internacional y control de la puja distributiva y privatizar empresas estatales deficitarias”. Es decir, se requiere que una fuerza política presente un menú de preferencias que podríamos denominar liberal de mercado. Tal cosa es completamente legítima y, como demuestran Sebastián Piñera en Chile y Juan Manuel Santos, no incompatible con la búsqueda de victorias electorales. El éxito electoral de Carlos Menem durante una década y su victoria en primera rueda en el 2003, aún en el medio de una crisis explosiva, demuestra que hay un sector que es apelado por una ideología abiertamente promercado. Es llamativa la renuncia de los partidos de oposición a plantear una alternativa política en estos términos.

Algunos de ellos, como Ricardo Alfonsín o Hermes Binner, probablemente no piensen en estos términos y no sientan esta agenda como propia. Sin embargo, aún Mauricio Macri o Francisco De Narváez no adoptan este lenguaje y ofuscan su propia orientación económica. Probablemente sientan que una opción de este tipo no pueda ser mayoritaria en el corto plazo. Sin embargo, el riesgo de marcar este territorio es no cumplir con la demanda de su electorado y, en el proceso, volverse irrelevante.

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(Nota publicada en El Estadista)

: Politóloga. Me interesa la teoría de la democracia y el estudio del populismo.