El radicalismo ha muerto, ¿vivan los “radicales”?

¿Justo habría que dejar de reflexionar un poco? Nah, salí de acá.

“Por la libertad, por la Constitución, por tus derechos”. “No más odios, no más divisiones, basta de prepotencia”. “Sin punteros ni choripán”. Algunas de las múltiples, entre las que se cuentan la “inseguridad” el “no a la re-reelección” y varias otras más. No estoy tratando de caricaturizar ni simplificar el reclamo, sino de captarlo en su generalidad, viendo las consignas “manifiestas” de la protesta del 8N.

Es una protesta que se vincula más con el lado de la “libertad” que implica la democracia, que por el de la “iguladad”. No es un reclamo por “más justicia social”, centralmente. No es parecido a -llevo a un extremo el argumento- a las consignas que podía presentar Saúl Ubaldini con sus paros en los años 80.

Siempre hablamos del peronismo. Hablamos mucho del peronismo. Ahora: una pregunta de la que voy a partir. ¿Cuánto ha impactado en la política nacional el desdibujamiento del radicalismo y de los dirigentes “surgidos de las filas del radicalismo” en la política actual? ¿Es este desdibujamiento uno de los motivos de este tipo de manifestaciones?

Amplío: si uno vive en cualquier ciudad de la Argentina, de cualquier provincia de la Argentina y proviene de una familia de clase media y/o no tiene identidad partidaria pero está enojado, enfrentado, disconforme al gobernador -hay muchas chances de que el gobernador sea peronista- o quiere expresar esa “diferencia”, a quién vota? Muchas veces, vota radicalismo. Esto se ve en la conformación de las Cámaras de Diputados y de Senadores donde la UCR es el segundo bloque en cantidad de miembros en ambos casos.

La situación a la que llega la UCR y los “dirigentes surgidos de las filas del radicalismo” en la última elección nacional es inédita. En 1983 ganó Alfonsín. En 1989, Eduardo Angeloz era un difigente vaya si competitivo. En 1995 la UCR toca un piso de casi el 17 %. Pero aún contaba con el liderazgo “nacional” (muy importante lo de “nacional”) de Alfonsín, que venía de firmar el Pacto de Olivos y al hacerlo demostraba una cuota de poder. En función de ese liderazgo, el radicalismo atravesó el desierto, dos años después se volvió ultra-competitivo con la conformación de la Alianza y cuatro años después puso al Presidente de la Nación.

En las elecciones de 2003 y 2007, esta “cosmovisión” del radicalismo vinculada a “lo institucional”, a la parte de la “libertad” de la ecuación democrática, más que la parte de la “igualdad” (va pivoteando siempre, pero pivotea más para un lado que para otro) estuvo seriamente expresada. Los votos de López Murphy y Carrió en 2003 sumaban el 30 % del electorado. En 2007, Carrió y López Murphy llegaban sumados a casi el 25 % de los votos. Y eso sin sumar los “radicales con Lavagna”, que se ubicaron en segundo lugar nacional.

Hay que entender que 2011 implicó una situación totalmente inédita, con Ricardo Alfonsín arrimando el 11 % de los votos y Carrió sin llegar al 2%. Y eso no viniendo de “cualquier lado”. Antes de las primarias, en el micro-micro clima nuestro estuvimos hablando largo rato acerca del posible “regreso del bipartidismo” (?!!!). Véase, por ejemplo, esta tapa del Le Monde Diplomatique del año pasado, que a mí me hubiera parecido técnicamente correcta.

Hablamos del famoso tema de los “sectores medios”. Los “sectores medios” siempre van a existir, muchachos. Y se van a querer expresar. El tema es si siguen existiendo los partidos que los representen cabalmente. ¿No les gustan “los partidos”? OK. Los liderazgos que los puedan expresar cabalmente en el orden nacional. Porque esta es una sociedad muy compleja, muy multicolor. Y lo seguirá siendo.

Si nadie los expresa, se van a expresar por sí mismos. La expresión no puede ser tapada en una democracia. Y esta, lo es. Vaya si lo es.