Escenarios

(Este texto forma parte del libro Kirchnerismo para Armar, publicado en octubre del año pasado. Creo que conserva actualidad).

La democracia argentina iniciada en 1983 no ha podido todavía desacoplar sus ciclos políticos de sus ciclos económicos. ¿Podría esa tarea fundacional tocarle a Cristina Kirchner en caso de que la ciudadanía la elija para renovar su mandato entre 2011 y 2015? ¿Es posible llevar adelante tal empresa?

Raúl Alfonsín no soportó en términos políticos la aceleración inflacionaria de 1989 y debió dejar en forma anticipada su cargo. Carlos Menem, por su parte, lideró dos derrotas electorales oficialistas en 1997 y 1999, cuando la economía avanzaba hacia una de las recesiones más extensas que se recuerden. A su vez, Fernando de la Rúa debió renunciar al no encontrar formas políticamente sustentables para dejar atrás la depresión de aquella economía.

Más aquí en el tiempo, el gobierno de Cristina Kirchner vivió una derrota electoral en el distrito más importante del país en los comicios legislativos de 2009, durante la mayor caída de los niveles de actividad y empleo desde 2003, cuando se sentían en la Argentina algunos efectos de la crisis financiera internacional. Luego de aquel traspié, el kirchnerismo pudo mostrar, como un activo, la única gran recuperación política de la era democrática. Nunca antes un presidente retuvo su condición competitiva a pesar de haber sufrido una derrota en comicios de medio término. Con la voluntad y la decisión como combustible vital, Néstor y Cristina Kirchner le plantearon a la sociedad medidas como la Ley de Medios, la Asignación Universal por Hijo y el Matrimonio Igualitario, que cruzaron a todo el espectro político y dieron cuenta de un fenómeno inédito en la Historia argentina reciente.

Lo que también es cierto es que, desde mediados de 2009 en adelante, a partir de políticas específicas y de un contexto más favorable, la economía volvió a dar signos de responder al ritmo habitual que había mostrado desde 2003. Aún sin realizar un análisis lineal o de “causa y efecto”, es insoslayable que los niveles de aprobación de la Presidenta se elevaron en línea con esa mejora, aún antes de que se registraran las impresionantes muestras de dolor y de apoyo popular que se dieron al producirse la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, en octubre de 2010.

Conjurar con más política los vaivenes de la economía debería ser una tarea que los sectores populares encaren sin pausa en el actual contexto. El sistema productivo nacional es más sólido y vital que al inicio de la etapa kirchnerista, pero, como ocurre también en otros países de América Latina,  aún sigue “primarizado”, requiere de más esfuerzos para sumar valor agregado y tiene flancos que lo pueden hacer vulnerable a shocks externos.

Durante las elecciones de medio término que enfrentó Cristina Kirchner, la crisis internacional tuvo su impacto en la economía nacional y la sociedad se encontraba sin la protección que otorgan programas sociales como el que más tarde se consagró para las familias pobres o en condiciones de vulnerabilidad. Fue en ese momento que un candidato identificado con un ideario de “centroderecha”, como Francisco De Narváez, logró imponerse en el electorado clave de la provincia de Buenos Aires. Se trató al mismo tiempo -es bueno aclararlo- de un dirigente que decidió disputar no pocos votos peronistas, sobre todo en el Gran Buenos Aires.

Más allá de lo que fue el acontecer histórico concreto, habría que poner el acento sobre el peligro latente de que a una reversión económica le siga un retroceso en términos políticos para las grandes mayorías. Esto está lejos de ser una cosa del pasado para la Argentina o algo que sólo pueda ocurrir en sociedades como las europeas. Pensar en torno a estos temas resulta clave ya que el planteo lineal de “profundizar modelos” bien puede encontrar obstáculos en el contexto que enfrente la Argentina.

¿Cuáles son, por lo tanto, los elementos que puede poner en juego Cristina Kirchner de cara a la consolidación política de un proyecto que, más allá de los nombres que lo encabecen, resista en términos de proveer de más democracia y más justicia social, aún en contextos más negativos que el actual?

No debería ser un punto central de aquí en más la apelación a un contraste con la crisis de 2001 o la hecatombe provocada por la última dictadura militar. Es que ocho años de kirchnerismo han otorgado una reparación a gran parte de ese legado nefasto. La Justicia comenzó a ser un hecho palpable en cuanto a los delitos de lesa humanidad. Y la vitalidad de la economía es una realidad que deja a la caída de 2001 como un recuerdo lejano. Pensemos que en 2015 comenzarán a votar aquellos que tenían 4 años cuando despegó el helicóptero de De la Rúa.

No es sino la mención al futuro, a un horizonte esperado y compartido lo que puede fortalecer en términos políticos el proyecto del oficialismo. Así, acercarse a las preocupaciones de la población en términos explícitos, nombrar aquello que se quiere desterrar, dialogar con la sociedad sobre las mejores formas de resolver los problemas vigentes pueden ser elementos claves ante la difícil tarea de dotar al kirchnerismo de una identidad que convoque a la continuidad de un proyecto, más allá de las inclemencias.

La decisión de la presidenta Cristina Kirchner de crear un Ministerio de Seguridad a nivel nacional, planteando de cara a la población un conjunto de políticas públicas concatenadas, coherentes y sólidas puede ser un ensayo de un conjunto de acciones que toman demandas bastante explícitas de amplios sectores sociales.

La posibilidad de consolidar el proyecto político que encabeza la Presidenta no ya en base a una “minoría intensa” sino a un conjunto más amplio de ciudadanos que pueda apoyar los grandes lineamientos de la gestión aún ante la posibilidad de que la economía se vuelva más vulnerable dependerá en ese sentido de la capacidad de seguir incorporando demandas.

La dinámica política latinoamericana en la que está inmersa la Argentina no admite triunfalismos. En esto parece haber cierta claridad en el Gobierno nacional. Un desempeño económico razonable por sí solo no “da derechos” políticos. Habría que mirar de cerca en tal sentido la abrupta caída que registra en la consideración pública el gobierno del chileno Sebastián Piñera o la falta de capacidad de dotarse de continuidad política que demostró la experiencia peruana de Alan García.

Aún así, insistimos, la posibilidad de que sea la economía la que genere obstáculos a la gestión de gobierno debería plantear reflexiones sobre nuevas modalidades de despliegue político, pensando sobre todo que los anteriores gobiernos democráticos que se vieron ante coyunturas de ese tipo no lograron hacerlo.

En ese contexto, otro elemento que el oficialismo deberá mirar con atención es la cuestión territorial. Si se quiere, la cuestión del “federalismo” traducida en términos de acción política. Durante los últimos meses se ha hablado en la Argentina de la vigencia de un “voto cruzado”, es decir, la capacidad de los ciudadanos de apoyar una línea política a nivel municipal o provincial y a otra en términos nacionales.

¿Qué desafíos implican estas realidades de cara a dotar de estabilidad a un proceso político en caso de que haya que apelar, con honestidad, a una frase que en otra época fue fruto de una mentira: “estamos mal pero vamos bien”? En este sentido, ¿es deseable o posible lograr que en cada territorio sean dirigentes “propios” los que lleven adelante las políticas? ¿Qué niveles de tensión entre un “estilo nacional” y un “estilo local” puede soportar un cambio de vientos económico? Y en ese contexto, ¿sigue contando el oficialismo con una gran capacidad para desarrollar el arte de hacer que los “ajenos” actúen a fin de cuentas como “propios”?

Era sobre todo Néstor Kirchner, con su inusual despliegue y vitalidad, con su energía, con su vocación de poder quien tejía esa telaraña que une el poder del Gobierno federal con el de los territorios. Así, gobernadores e intendentes -sin importar su historia política, sino su capacidad de mantener gobernados los territorios- se vinculaban de una manera particular con la Casa Rosada, una que, a pesar de las tensiones se percibía armoniosa y donde, a fin de cuentas, era el rumbo marcado por el Ejecutivo nacional lo que primaba en las grandes líneas. Por supuesto que, al mismo tiempo, los jefes políticos locales -que debían incorporar una serie de elementos a sus discursos y prácticas-, no cambiaban por completo. ”Aquí se gobierna así” o “aquí siempre se gobernó así” seguía también siendo en parte de un paisaje donde cambio y continuidad son elementos que se combinan de forma diversa.

¿Ese juego político tiene límites? ¿Fortalece o debilita? ¿Cuál es el mejor ritmo para posibles “renovaciones” dirigenciales? La política acumula incógnitas que se deben resolver en forma colectiva, pero donde las responsabilidades recaen en forma inevitable sobre menos espaldas.

Una “nueva agenda de derechos” parece surgir desde la Nación hacia las provincias y municipios. Si hablamos de juicios a represores, ampliación de derechos civiles, derecho a la comunicación, ampliación de la cobertura previsional y la Asignación Universal por Hijo, al menos, esa parece ser la dinámica ¿Esa direccionalidad seguirá siendo la misma en el mediano plazo? ¿Los “viejos dirigentes” pueden tomar en sus manos una “nueva agenda”? ¿O deben ser “nuevos dirigentes” quienes lo hagan? ¿Esas nuevas temáticas tienen anclaje real en la sociedad o son impuestas “desde arriba”?

En ese contexto se inserta además el tema la participación política juvenil en el oficialismo. Se trata de un fenómeno que no es comparable con los ocurridos en otras épocas del país, ni en otras fuerzas políticas. Pero vale la pena pensar aquí también en términos de qué rol puede jugar ese sector si arrecia un “viento en contra” para el proyecto que lidera Cristina Kirchner.

A diferencia de los sectores juveniles peronistas de los 70, esta militancia sub-30 no cuenta con una vocación de autonomía con respecto a la conducción. Se percibe, es cierto, también como lo hacía aquella en sus inicios, al estilo de un “brazo” del “proyecto”. Pero de un modo más permanente, más estable. ¿Puede con esa impronta ayudar a “resistir” un cambio en las condiciones generales “externas” que deba enfrentar el Gobierno nacional? ¿Debe incorporar nuevos elementos? ¿Cuánto de “nuevas formas” y de “nuevos contenidos” será capaz de sumar en función de ampliar la base de sustentación del oficialismo?

Las preguntas se acumulan porque de lo que se trata es de pensar en un tipo de escenario que, hasta el momento, el sistema político argentino no ha podido procesar sin cambios drásticos. Y que siempre ha tenido altos costos para los sectores populares. Se trata de una tarea necesaria ante una sociedad que muestra todavía, y lo hará por varios lustros más, altos niveles de fragmentación y que manifiesta demandas capaces de mutar y multiplicarse.

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Nicolás Tereschuk (Escriba) : "Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).