Hay que volver a remarla

No queda otra. Es inevitable comerse el coco con el microclima molesto de estos días. La sobre lectura de las derrotas electorales seguirá hasta que pase el temblor capitalino y cordobés, cuanto menos. Es lo que hay. Sería bueno ver también que del otro lado están a un tris de entrar en el mismo triunfalismo con el que el kirchnerismo se atragantó desde hace un tiempo: la tapa del Clarín de hoy festejando una columna de opinión de otro diario escrita por un ex ministro de este gobierno no tiene nada que envidiarle al ombligismo de cualquier tapa de los diarios cumpas. Es el efecto péndulo, que ahora toca el otro extremo. En cuestión de días, los análisis opositores pasaron de la desazón por la invencibilidad de Cristina, a la vuelta del relato de “fin de régimen”. Tranquilidad. Las variables estructurales no se modificaron, los aliados no escaparon a los brazos de Duhalde, y los spots de Scioli prometen un efectismo similar al de “juntos venimos bien” de Mauricio. Las cosas no están en un lugar muy distinto al de unos meses atrás. En todo caso, es un momento para pensar el saldo 2009-2011: cierta desesperación por ver la ola replegarse tiene que ver con que nos acostumbramos a una marea en alza.  Sí es cierto que se están pagando los costos de haber puesto mucho en juego. El kirchnerismo al politizar, expone. Es algo un poco inevitable. Las Madres y las Abuelas pueden pasar a ser corruptas y perseguidoras de familias ejemplares. El Fútbol para Todos puede convertirse en un torneo incomprensible e injusto. O un juez de la Corte de la Democracia ser el dueño de una cadena de prostíbulos. Lo que es inevitable es, entonces, la exposición a que cada cosa sea materia de una disputa simbólica por ver cómo la mayoría termina procesando la transformación que empezó en el 2003. Eso no está ganado. Lo que es evitable es perder todas, y que efectivamente de cada ecuación el resultado no sea el que añora la bolsa de gatos opositora.

No creo que se trate, como se pide un poco histéricamente desde algunas tribunas amigas, “aprender de la anti política”. Con el discurso del otro, gana el otro. Las formas del otro son muy útiles para la política del otro. En todo caso, aprender de la anti política, significaría poder desmalezar los sinsentidos de la propia. Volver al corazón de la gestión -al final, la responsable máxima de 8 años con posibilidad de 4 más en el poder-, que la batalla cultural discursiva sea un apéndice de aquella, pero no su reemplazante. En ese sentido, cabe preguntarse qué medida relevante, en la dirección de las medidas con las que el gobierno recompuso su imagen en la sociedad, se tomaron durante todo este año. ¿Hay alguna? Si  AUH, Ley de Medio, Matrimonio igualitario o Fútbol para Todos asfaltaron el camino para reenganchar lo que se había soltado, no parece descabellado pensar que en la ausencia de otras similares -durante todo el 2011- esté la razón para que en las elecciones recientes la mayoría del  electorado no haya encontrado razones fuertes para votar al oficialismo.

Ok, el párrafo anterior invita a responder que se trataron de elecciones locales, con lógicas propias que escapan a la gestión nacional, que hay un voto cruzado, que aun así, tanto en capital como en Santa Fé el gobierno mejoró mucho la performance de 2009. Todo eso es verdad. También es verdad que en esos distritos se jugó a nacionalizar y eso no despertó las pasiones cristinistas que suponíamos cristalizadas. En tres meses hay que revalidar títulos en serio. En las elecciones nacionales se vota para atrás y para adelante. Se premia o castiga lo que se hizo y también se pone un granito de esperanza por lo que se promete hacer. Por eso parece el momento ideal para mejorar el discurso sobre la gestión hecha y mostrar con nuevas medidas el rumbo de lo que viene.

Mirar el péndulo de la política sin desesperarse, mientras se pasa en limpio lo que quieren mostrar encarajinado y sucio. El kirchnerismo tiene para mostrar toda una gestión. El punto es elegir bien qué y cómo. Los otros sólo tienen para usar los errores ajenos. O sea, los nuestros.