Qué nos dice Huergo

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El fenomenal reportaje a Héctor Huergo el hombre fuerte de Clarín Rural, en la revista Crisis es para poner en un cuadrito. Brillante y megalómano, al parecer predicador de la revolución de las pampas cuando nadie hablaba de la soja, el tipo dice mucho y de todo. A mí me surgen los siguientes puntos:

-Leer a Huergo confirma lo que ya sabemos, la convergencia entre el Grupo Clarín y lo más concentrado de los agronegocios. Nos muestra una vez más que limitar el poder político y hegemónico de Clarín en esta época, como lo intenta hacer el gobierno, no es solo contener a un pulpo de la comunicación. Es contrarrestar el poder de lobby de la burguesía rural más pujante. Clarín y los agronegocios son dos cosas distintas. Pero hoy, circunstancialmente o no, forman un poder conjunto y una formidable usina hegemónica. La cuestión Clarín no es la fijación kirchnerista con un medio opositor, o si quieren, no solamente eso. Clarín es, con su rol clave en AEA y sus lazos con la gran burguesía agraria vía Clarín Rural y la organización de Expoagro, un punto neurálgico del dispositivo de poder económico y no electo en la Argentina actual. En consecuencia, debe ser limitado en su influencia política por el bien de la democracia.

-Huergo muestra el liberalismo de los poderosos, de los grandes en serio, el que nunca existió en la práctica en la Argentina moderna. El de la derecha chilena pinochetista. El liberalismo del mercado autoregulado de Polanyi. Como todo liberalismo económico es una alquimia utópica, pero es “coherente” y no cede en nada. Te dice “a la equidad la mando a pasear” como política pública. Te dice que “el lujo es inclusivo ”. Porque, te dice, la distribución viene cuando el “chacarero” que la levanta con pala construye la pileta y la cancha de golf. Por supuesto, rechaza cualquier límite a la mercantilización de la tierra: los productores se van a dar cuenta solos si evitar la rotación de cultivos pudre el suelo, porque va a ir mal el negocio. Le pega a Grobocopatel por “ceder al lobby ecologista” y buscar certificados para sus cultivos de soja. Que los biocombustibles puedan subir el precio del maíz no es un problema porque la gente en el mundo se muere más por exceso de alimentos que por su escasez. Pero, ojo, también despotrica contra el subsidio a los feedlots y cualquier forma de apoyo estatal fuera de invertir en la investigación en la que él cree—aquella que apunta exclusivamente a aumentar la producción. Cuesta ver a Huergo, con ese discurso, lloriqueando y pidiendo ayuda al Estado por una sequía.

-Para la burguesía rural el neoliberalismo argentino fue más salvaje que para los grupos económicos industriales grandes, como Macri, Perez Companc, Techint etc que, como sabemos, mal o bien se acomodaron vía privatizaciones o nuevas protecciones en el mercado. Huergo dice que la convertibilidad abarató el precio de la tecnología, porque el valor de los tractores o fertilizantes bajó en términos del dólar-cosecha. Recordemos que fue un periodo sin retenciones pero con bajos precios internacionales y fuerte sobrevaluación cambiaria. O sea supervivencia del más apto. Y así surgen los más fuertes, los Adecoagro, los productores locales que hicieron punta con la siembra directa o la soja transgénica, los empresarios nucleados en los grupos CREA—mas allá de la familia de pueblo que le quedó algo de tierra y la alquiló. Que no son la Mesa de Enlace, el diario La Nación o los agrodiputados radicales. Eso es lo viejo, nos dice Huergo. Lo más ligado a la ganadería pastoril, o a los tambos que en la Argentina se hacen con vacas que comen pasto, “y eso no tiene futuro, porque el maíz rinde más que el pasto.” Los que, agrego, piden por el Estado cuando hay sequias o las cerealeras los basurean.

-Esa división entre lo viejo y lo nuevo de la burguesía rural seguramente sea más matizada en los hechos. Pero parece claro que hay un grupo de empresarios agrarios de punta que son aliados objetivos de las multinacionales que traen las semillas y los químicos. Se pelean ocasionalmente entre ellos, como dice Huergo, pero al final convergen. Por primera vez desde el sXIX hay en realidad un gran actor económico liberal “verdadero”, que no son los grupos económicos industriales que nacieron y vivieron de la protección, ni los terratenientes de mediados del sXX que se sentaban en sus campos a esperar la devaluación en el ciclo stop and go. Unos tipos que están en la vanguardia tecnológica mundial y que van por una apertura total y un Estado mínimo en serio. La base social que el liberalismo económico nunca tuvo en la Argentina moderna—ni siquiera en los años 90. La pregunta es si tiene sujeto político hoy en la Argentina esa burguesía rural que clama por el mercado autoregulado. Esos dos “chacareros” que, nos cuenta Huergo, tienen 40 palos verdes en tierra y viven en una mansión, pero se van a sembrar a la noche con la camioneta y el mate. Siguieron a la Mesa de Enlace en la 125, pero son otra cosa.

-Sorpresivamente, quizás, y más allá de la disputa global con el “campo”, el gobierno tuvo más puntos de contacto con esa gran burguesía rural que con la más tradicional, porque promocionó los biocombustibles—una de las patas de este boom agrario que parece eludir la pura primarización y que plantea algún tipo de industrialización “en origen”—; porque subsidió los feedlots en contra de la ganadería pasotril para bajar el precio de la carne; porque fortaleció el INTA y la cadena tecnológica en la gestión Lino Barañao. Y menos con los productores de Buzzi, que hicieron un montón de plata como cualquiera que tiene más de 100 hectáreas en una zona medianamente buena estos años, pero que se ven entre dos fuegos, el del gobierno por un lado, y las cerealeras y las multinacionales de semillas y químicos, por el otro.

¿Cómo tiene que pararse el movimiento nacional y popular frente a este complejo entramado? Sabemos que nadie salvo este gobierno garantiza en la política argentina la captura de renta vía retenciones en la magnitud actual—que, por ejemplo, no existe en Brasil, con su gobierno del PT y con un actor sojero análogo e igualmente poderoso y, a esta altura, con un nivel de tipo de cambio no tan distinto del local. Dicho esto, ¿impactará algún día en forma decisiva este fenomenal cambio económico rural en la superestructura de la representación política agraria? ¿Cómo va a incidir culturalmente a mediano plazo esta visión ideológica del Estado ultra mínimo, el lujo sojero que trae la inclusión de Huergo, que por primera vez en un siglo tiene un sujeto social y una capacidad de difusión hegemónica temible? ¿Tenemos que “segmentar ahí adentro” o la única diferencia entre el chacarero de Huergo y Buzzi es que el federado quiere Estado mínimo en su capacidad de intervención general pero protección o ayuda estatal para su grupo? Como sea, es bastante posible que la madre de todas las batallas por la renta económica de las próximas décadas se libre más contra los clientes de Huergo que contra los grupos económicos como los conocimos hasta ahora.

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