Todo ¿Por? ¡Vamos!

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No sé dónde está la señorita que iba a manejar el Power Point, es la primera vez que voy a ver Power Point así que no sé cómo me va a ir, vamos a tratar de hacerlo bien

Cristina Kirchner, al anunciar en la Casa de Gobierno la nacionalización de YPF, el 16 de abril pasado.

 

Este post consiste en una cronología de episodios y algunas conclusiones de esas que se ensayan en público pero sin saber bien si son conclusiones o nuevos puntos de partida. ¿Podría haber otros criterios para el análisis? Probablemente. Estos son los que presentamos:

1) Primero fue la corrida de 2011, durante la campaña presidencial. Luego, Cristina Kirchner resulta reelecta por un margen inédito. El Gobierno se encuentra ante múltiples disyuntivas y no opta por la opción “A” que era una devaluación sino por la opción de la “sintonía fina con munición gruesa”. El criterio utilizado es básicamente “de poder”. La devaluación “diluye” el poder, lo hace de alguna manera “representativo” en términos de mercado. Da más poder a quienes más poder de mercado tienen (porque ¿quiénes son los que más activos tienen formados en el exterior?). Una devaluación le da más “competitividad a la economía”, dirán algunos. Dota al mismo tiempo de más poder de fuego a los actores económicos concretos, con nombre y apellido, que no comparten la visión de país del Gobierno y/o no comparten su forma de manejo del poder. La opción de la “sintonía fina con munición gruesa”, que algunos han llamado durante este año  “mala praxis económica” consiste básicamente en mantener poder político concentrado en la Casa Rosada ante los obstáculos económicos que enfrenta el país.

2) Durante el año 2012 se produce un cambio notable en la economía argentina a partir de esa estrategia: el Estado recupera un poder sobre la economía que alguna vez había entregado. Avanza sobre el mercado. Si sacamos una foto aérea, la mancha de color “rojo” del Estado ocupa ahora más territorio que antes, en comparación con la de color “verde” del mercado (?). Esta no es “una política más”. Es un giro y los actores económicos así lo perciben. El Estado lo concreta mediante la “nacionalización” del Banco Central, la “nacionalización” de la mayor empresa privada del país (YPF), los controles en el comercio exterior y el mercado de cambios. Como medidas complementarias y/o posteriores obliga a los bancos privados a aumentar su cartera de préstamos productivos, a las grandes empresas a restringir la distribución de utilidades y el giro de dividendos al exterior, pone en marcha un plan de construcción de viviendas que podría significar 1,5 puntos del producto extra para el año próximo, hace que el Estado regule el mercado de capitales, nacionaliza la distribuidora Metrogas. Hay más medidas, pero para ilustrar, con estas basta.

3) En un año “no electoral” y sin la capacidad de traducir su poder en cantidad de sufragios, los primeros en “votar” este año, en organizar “espontáneamente” su “8N” fueron los empresarios. Según el INDEC la inversión tuvo una caída del 15% en términos interanuales en el segundo trimestre y del 3,5% en el tercero. Orlando Ferreres estimó que en once meses acumuló un 6,6 por ciento de caída anual.

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Acá me le animo de puro caradura a una digresión “teórica” (se puede saltear sin problemas). Lo que ocurre me hace acordar a lo explica Kalecki en un trabajo muy conocido al analizar en 1942 los “aspectos políticos del pleno empleo“. Los empresarios dicen que no invierten por una cuestión de “confianza”. Pero de fondo hay algo que retomaremos más adelante: con la mayor intervención del Estado en la economía lo que en realidad se empieza a poner en cuestión es justamente ese poder de los empresarios para afirmar que no invierten ‘por una cuestión de confianza‘.

En términos de este economista polaco, que descubrió más o menos lo mismo que Keynes al mismo tiempo que Keynes -o antes-, pero en polaco (rapidito con Google Translate):

Cada ampliación de la actividad del Estado es vista con recelo por las empresas, pero la creación de empleo mediante el gasto gubernamental tiene un aspecto especial que hace que la oposición sea particularmente intensa. Bajo un sistema de laissez-faire el nivel del empleo depende en gran medida del llamado “estado de la confianza”. Si este se deteriora, disminuye de la inversión privada, lo que resulta en una caída de la producción y del empleo (tanto directamente como a través del efecto secundario de la caída del consumo y de los ingresos de inversión). Esto da a los capitalistas un poderoso control indirecto sobre la política del gobierno: todo lo que pueda sacudir el estado de confianza debe evitarse cuidadosamente porque causaría una crisis económica. Pero una vez que el gobierno aprende el truco de aumentar el empleo mediante sus propias compras, este dispositivo de control de gran alcance pierde su efectividad. Por lo tanto, los déficit presupuestarios necesarios para realizar la intervención estatal deben considerarse como peligrosos. La función social de la doctrina de las ‘finanzas sanas’ es hacer que el nivel de empleo depende del estado de confianza.

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Ahora, una digresión “regional”, que también se puede saltear.

La revista The Economist publicó el 8 de diciembre pasado una nota muy crítica del manejo de la economía brasileña, en la que dio a entender que Dilma Rousseff debería echar a su ministro de Hacienda, Guido Mantega.  La nota recuerda que la inversión cae hace cinco trimestres en Brasil y que los empresarios se muestran “cautos porque el gobierno se mete demasiado”. “Aún más que su predecesor, Lula Da Silva, la señora Rousseff parece creer que el Estado debe dirigir las decisiones de inversión privada. Ese micro-entrometimiento hace caer la confianza macroeconómica también”. Como vemos acá, la respuesta de Dilma fue durísima, al quejarse de que en Gran Breaña, donde hay una “crisis gravísima, con crecimiento negativo, con escándalos de bancos y quiebras ningún diario propuso la caída” del equipo económico de ese país. Horas antes, relata el cable de ANSA,  el ministro de Desarrollo e Industria, Fernando Pimentel había dicho que “el día que The Economist nombre a un ministro en Brasil dejaremos de ser una república federativa”.

Luego, casi a fin de año, el Banco Central de Brasil bajó las expectativas de crecimiento para el año próximo y Dilma salió de alguna manera a contradecirlo. Reclamó de manera enfática mayores inversiones para el año que viene.

Decía en las últimas horas el diario Valor bien clarito: “El desafío para Dilma en 2013 es convencer a los empresarios a invertir más, aumentar la oferta de bienes y servicios en la economía, buscar innovación y viabilizar un camino de crecimiento sostenido para el país. “’Sin embargo, una cosa es que el Estado invierta. Otra es convencer a una empresa privada a que utilice su dinero para invertir. En ese caso, es necesario tener una relación con los empresarios que, en el área económica, nadie tiene”’, ponderó el asesor presidencial“.

Cuánta intervención del Estado y cuántas inversiones parece ser, justamente, una de las disputas que atraviesan la política brasileña.

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Algunas “conclusiones”.

1) La jugada de no “distribuir” poder, sino retenerlo ampliando la capacidad de intervención del Estado en la economía no es “ideológica” en el Gobierno. Una metáfora de ello es cómo la Presidenta anuncia la nacionalización de YPF: con un Power Point con cifras y cifras y cifras. Con un discurso con ejemplos internacionales. Sin retórica “nacionalista”. No es por Perón o por Bolívar. Es por necesidad. Al explicar la medida unos meses después, el secretario de Política Económica, Axel Kicillof, señaló que el Gobierno mantuvo diálogos con el titular de Repsol, Antonio Brufau, para pedirle un cambio en su manejo de YPF. Ante la negativa, no había “otra opción” que nacionalizar el manejo de la compañía. Sin ser “ideológicas” son, eso sí, el tipo de estrategias que se da un gobierno que a la hora de retener y defender su poder (político, democráticamente legitimado) no se priva de ninguna opción. O sea: así como la opción por la mayor presencia del Estado no es “en sí” ideológica, este gobierno no se priva de ninguna opción por pruritos “ideológicos” tampoco.

2) Cuando se avanza con esta estrategia es cada vez menos posible volver al “mundo tal cual lo conocíamos”. Es decir, visto como una película: el Estado avanza, los empresarios se parapetan, el Estado necesita que los empresarios inviertan, los empresarios se parapetan más. Si los empresarios se parapetan y no invierten el Estado necesita de todos modos hacer avanzar la economía, entonces el Estado avanza más, los empresarios se parapetan aún más. Y así.

3) En ese “parapetarse” los empresarios ganan un tiempo valiosísimo del que el Gobierno carece. Pensemos: los tipos son los dueños de los activos argentinos en el exterior tienen todo el tiempo del mundo. Un gobierno electo democráticamente, no. Al modo que lo enseña el Grupo Clarín, la estrategia es ganar tiempo. Cautelar o “no inversión” mediante, estos señores juegan al póker contra el único tanque de nafta que tiene la presidenta Cristina Kirchner. Por ahora.

4) No hay que confundir. Que el lockout agropecuario de 2008 o la estrategia “política” del Grupo Clarín sea más espectacular que la movida más “educada” que consiste apenas en no invertir no debe ocultar lo que ocurre. No invertir es la medida más fuerte que puede tomar quien tiene como única “responsabilidad social” concreta invertir. De sostenerse es, en este punto, una medida extrema. Es su mejor carta.

4) Tampoco hay una “estrategia global” de fondo por parte del Gobierno. Me decía mi amigo Mariano Fraschini que en ajedrez hay algo que se conoce como “única jugada”. ¿Qué es la “única jugada”? Pues bien, es esa que no se realiza en función de una estrategia para ganar la partida pero que es, en el momento, la única que te garantiza “no perder”. Si movés de otra manera, estás perdido. Movés y vivís un poco más. Así, los ajedrecistas dicen “de la jugada 10 a la 18 fui ‘de única en única’”. Van de alguna manera un poco “ciegos”, jugando de partenaire del otro para sobrevivir. Eso sí: atravesar un período de ir de “única en única” no quiere decir que esté garantizada ni la derrota, ni la victoria. En un momento se puede abrir una jugada clave que desencadene una estrategia para ganar. O se puede fallar la “única” y perder.

5) Si, luego de la “nueva” política del Gobierno y como en un círculo (¿vicioso o virtuoso?) los empresarios no invierten  ¿Tiene el Gobierno más opciones que la suma de “jugadas únicas” que implicarían lo que burdamente se da en llamar “ir por todo”? Si la única “política económica” que “hace bajar el riesgo país” es “irse”, como vemos en el caso de lo ocurrido ante el agravamiento del estado de salud de Hugo Chávez ¿qué hay que hacer? ¿Existen opciones “intermedias”? ¿Habría que quedarse de brazos cruzados mientras un sector del empresariado espera que al Gobierno se le escurran los votos y el tiempo de las manos? ¿Cuáles son las consecuencias políticas de esa situación? ¿Cuáles son los apoyos políticos con los que se cuenta para profundizar el rol del Estado en la economía? ¿Qué nivel de sustentabilidad tendría esa estrategia? ¿Vamos de “única en única” nomás? ¿Y si perdemos? ¿Y si ganamos?

Foto.

Nicolás Tereschuk (Escriba) : "Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).