Abrazos

No tendría que haber “primeras personas” en este texto. Hoy sólo habría que hablar de él. Sólo habría que pensar en ella. Pero apurado me sale así.

Siempre señalamos que el kirchnerismo ha sido poco “afectuoso”. En esa forma electrizante de manejar el poder no había siempre caricias. Había aliados que se iban desgajando, que se iban enojados.  Faltaban los asados, eran pocas las metáforas. Lo real primaba, lo concreto. Ese concejal traidor de Florencio Varela. Aquella cloaca. El precio de la acción de Clarín. Ese titular, esa pauta, esa operación, ese contrato.

En lo personal, recuerdo haber criticado el tono de algunos discursos de la presidenta Cristina Kirchner, incluso el de su asunción, que fue celebrado por algunos analistas. Eran cerebrales. Correctos, pero cerrados en sí mismos.

Muchos queríamos a este gobierno. En realidad, no nos importaba si éramos muchos o no. A veces no sabíamos si éramos muchos o no. Estábamos ya convencidos de que había cosas que estaban bien y que merecían ser defendidas. ¿Y qué otra medida faltaba para salir a defender al gobierno? Ya estaba. En broma decíamos que ya estaba. Que el amor se había dado a primera vista, como cuando te enamorás de una mujer, de un hombre. De alguien que siempre es imperfecto, que siempre es contradictorio. Al que nada te garantiza que seguirás amando para siempre.

Néstor Kirchner se arrojaba, se abrazaba, se chocaba con la gente. No le importaba qué venía del otro lado. El iba al encuentro.

Ahora,  la Presidenta, firme, patriótica, admirable, como una mujer que representa al Estado en el velatorio de Néstor Kirchner, da algunos pasos a veces y avanza hacia una u otra persona que la conmueve. Abraza, besa.

Pero por sobre todas las cosas, se deja abrazar. Y mira a los ojos. Y dice: “gracias, gracias”.

El kirchnerismo es un movimiento que en medio del drama que es la política tiene una posibilidad maravillosa: la de aprender a dejarse abrazar. Puede dejar en claro que siempre está dispuesto a dejarse abrazar. Que no puede solo. Que necesita dejarse abrazar. Porque dejarse abrazar, como hace ahora la Presidenta mientras escribo, es un signo de fortaleza, más que de debilidad.

Si pudiera abrazar ahora a la Presidenta, le diría que las “letras de molde” no existen. Que se derrumban ante la contundencia de la gratitud de un pueblo. Que lo único que queda son los abrazos.

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: "Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).