Fuck You

Hay que dejar de darle vueltas morales a Lanata y pensar en su público. ¿Quienes son? De alguna manera, esa tribuna, con toda la construcción televisiva que pueda tener, huele a real. Hay otra “juventud”, muchachos. Crecida en estos años kirchneristas. Claudia y Marcos, los de la publicidad del Banco Galicia, que trabajan y consumen con los parámetros de una Argentina que, si no salvó a los del fondo, le puso un resorte económico de aquellos a una clase media que volvió a respirar, a engordarse. Pero no es sólo eso: Claudia y Marcos hacen Tai Chi Chuan y se van de vacaciones a Cabo Polonio, mientras entran a Garbarino por un Plasma. O sea, primero: no somos tan distintos. Es más, los podemos suponer muy de acuerdo con la nacionalización de YPF, el matrimonio igualitario, y se cagaron de risa con las tapas de la Barcelona. Votaron a Cristina. No, Claudia votó a Binner, pero no fue un tema de discusión. Se lo dijo desde la cocina, mientras Marcos miraba la tele. Fin. Y es que, silenciosamente, mientras otros hacen el camino de la profundización, el kirchnerismo habilitó para millones una liviandad de la vida. Y también de la política. Pongamosló así: si en el 2008 la 125 y su explosión política mostró a un sujeto que era hijo de la economía kirchnerista queriendo romper todo, en el 2012 los hijos de la década de crecimiento aceptan el orden establecido. Porque les conviene, porque enfrente no hay nada, porque el aviso de que TN podía desaparecer era mentira, porque sus vidas son apacibles. Pero la política -y la forma particularmente áspera de la política kirchnerista- les molesta.  Y por arriba hubo un cambio en el equipo: entró Lanata por Sarlo. Que da cuenta de lo que pasó después de la derrota legislativa y electoral de Clarín. De buscarle la explicación a la bestia, se pasó a ridiculizarla.  De la academia al circo. No hay que pensarlo sólo como un “descenso” ni mucho menos, sino como un reacomodo en la estrategia. La anterior, evidentmente, no prendió. Y hoy, con el diario del lunes, se puede pensar que no prendió, en parte, porque esa primera respuesta al ciclo político kirchnerista por parte de los medios venía demasiado preñada de su misma esencia: desbordaba de política. Pusieron enfrente a un discurso que quiso ser “mejor”, que quiso ganar en el mismo terreno, quiso “demostrar”. Se emperraron con 678 pero lo criticaban por su altura intelectual, por su exceso de oficialismo, por la calidad de los informes, etc. Lanata cortó y dijo: 6-7-rocho. Le quitó entidad política, lo puso al lado de los negociados. No importa cuanto de mentira haya en eso. Importa que ahí hay un efecto nuevo que se busca instalar y que es mucho más antipolítico de lo que había antes. O sea: el pos octubre repolitizó al gobierno y a sus defensores, y despolitizó a los opositores. Los comentaristas de la web de La Nación son, ahora, casi todos oficialistas. Los ciudadanos antikirchneristas se deprimieron. Entonces: el bajón anímico por la votación arrasadora fue superado por la fuga  a otro lugar. Lanata ya venía avisando que por el anterior camino iban muertos, ¿se acuerdan que fue el primero que dijo “creo que Cristina está mejor con la sociedad de lo que muestran los medios”? Por eso omite el análisis, omite la “confrontación de ideas”, no le importa dibujar imparcialidad, así sea en la forma tramposa de A dos Voces o Palabras + palabras -. Putea, ironiza, ridiculiza. Sabiendo algo importante: hoy todos estamos más tranquilos. Es un programa que no va a encender un cacerolazo, pero intenta ir colando, o mejor dicho volviendo más sólido, el sentimiento antipolítico que, vayamos inorporando como dato, lejos estuvo de irse. Ahí está su público. Un público que por ahora mira a Lanata para “divertirse” o tener una dosis homeopática de indignación frente al poder, pero al otro día sigue con su vida. Hacen fuck you, pero les gusta Soda Stereo. Pero ojo: se trata de preparar el terreno por si los síntomas de un crecimiento más leve se sienten en el bolsillo…

El interregno 2009-2011 de “batalla cultural” solidificó un sentido militante, pero en un sentido más amplio, fue una apuesta a la política pura y dura. El kirchnerismo quiere cerrar la crisis de representación -si escuchamos a las voces menos lúcidas, parece creer que lo logró-,  pero el sentido antipolítico está ahí, y los 15 o 20 puntos de Lanata demuestran que todavía hay a quien hablarle en esos términos. Términos que no son de viejo régimen: no hay añoranzas del 1 a 1, ni planteos desestabilizadores, ni nostalgias camperas. Es un programa donde la antipolítica tiene una traducción muy evidente: no hay políticos. Un programa pensado para un año de gestión sin elecciones. No hay operación coyuntural: Lanata no quiere “levantar a Scioli”, táctica a la que vuelven una vez más, ante el desierto opositor, los demás comunicadores opositores que siguen enredados en los escenarios montados por el propio gobierno. Y ahí, en esa diferencia, está el registro de ese público, que pensamos joven,  que tuvo su primera formación política con CQC, y al que todas las batallas épicas del gobierno le generan una primera reacción epidérmica: “¿está bien, pero que hay abajo del mantel?” Una pregunta que es pre ideológica, que es además, lícita, y que llega a las puertas de lo que puede decir y explicar un discurso político público. Algo que alcanza obviamente al kirchnerismo, pero que aplicado al resto del sistema político, no deja nada en pie. Por eso pareciera que el límite, o mejor dicho, el acuerdo tácito entre el show de PPT y su público es no hablar bien de nadie.

Por eso, la pregunta sobre este nuevo lanatismo (que no es igual al anterior, que tenía adentro suyo otro tejido de alianzas de familias ideológicas, que fue el refugio de una izquierda cultural politizada, que buscaba a la resistencia social del menemismo en sus formas más orgánicas o inorgánicas, etc) es una pregunta sobre los límites de la política, preguntas sobre un público -clasemediero y mayormente capitalino, seguramente- cultural, socialmente y económicamente muy cercano al de 678, pero que siente la pesadez de este ciclo político, que pide posmodernismo líquido y no va a entender nunca que Moreno sea un hombre necesario.  Difícil, esta vez, robar el trapo al contrincante.

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