Juan Vital Sourrouille: ni Gates, ni Sub-Gates, ni Gatos

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¿Hasta dónde uno llega en ciertas cuestiones que implican un cambio importante? ¿Cómo se produce un cambio importante? Uno tiene que tener en cuenta que tiene que haber algún límite. Si son más los que sufren que los que se benefician, al menos en la concepción que la sociedad tiene de los hechos, por más que yo crea que tengo razón, la operación política no funciona”.

Juan Vital Sourrouille es un hombre de Estado. Un economista, si se quiere un técnico -de los muy, pero muy buenos-, pero a la vez un político.

Lo es por al menos dos razones. Primero, porque se trata de una persona con un excepcional nivel de conocimiento sobre cómo es la mecánica de operación concreta y diaria sobre la cosa pública en la Argentina. Y también, como lo ilustra la frase de su autoría con la que comienza este post, porque antes de las nociones técnicas, que maneja con la solvencia que todos conocemos, posee unas convicciones, yo diría, inamovibles.

La publicación Escenarios Alternativos, que encabeza Jesús Rodríguez, ha puesto en línea aquí una video entrevista de más de tres horas a Sourrouille. Se trata de un trabajo realizada en el año 2005, en el marco del Programa de Historia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), y del Centro de Investigaciones Políticas (CIPOL), que dirige Marcos Novaro.

Siempre había querido ver una entrevista a Sourrouille, sobre todo porque fue demonizado al término del gobierno radical y porque siempre prefirió el silencio. Ver este trabajo  es un ejercicio que recomiendo, desde ya, a todo economista, pero también a cualquiera que le interese la política. A mí, me hizo pensar, sobre todo, cómo es que “perdimos” para la vida pública una persona así. Y cómo es que podremos forjarnos un futuro si no promovemos la creación de estos cuadros que están muy pero muy lejos de ser apenas “técnicos”.

Durante la entrevista, Sourrouille dice cosas como la siguiente:

“Tal vez valga la pena aclarar que yo no he sido un afiliado a la Unión Cívica Radical a lo largo de mi vida. Más bien he sido siempre un independiente político antes de entrar al gobierno. Una de las razones por las cuales al menos para mí en los 50, 60 y 70 (…) no veía con mucha simpatía al radicalismo era por el hecho que era un partido que no integraba a la clase trabajadora en su seno. Y yo siempre pensé que para un partido de centro, como el radicalismo lo ha sido, y más aún en el gobierno, una de las maneras de medir su éxito era que con el correr del tiempo fuese siendo más simpático en la visión de los trabajadores. Siempre lo pensé así”.

Hay anécdotas políticas, claro. Como la de un enviado que va a reunirse con Ubaldini de parte de Sourrouille, a quien el entonces secretario general de la CGT le dice  “¿y qué quieren que haga? Si les sale bien, somos boleta”.  Esto va acompañado por precisiones analíticas del entrevistado: “en ningún momento es responsabilidad única de los trabajadores generar inflación”. O la, muy similar, acerca de que “los paros” de la central obrera “no fueron el escollo más grande que el gobierno afrontó”.

También está aquella de que el 12 de agosto de 1988, había logrado en su casa un “compromiso” de tres dirigentes ruralistas acerca de que al otro día no habría agresiones en la apertura de la Sociedad Rural. “Ese compromiso no se cumplió”, dice el entrevistado con su tono más que medido.

O el, conocido, pero no por eso menos impactante relato sobre la presentación en secreto del proyecto del Plan Austral en Estados Unidos, en un cuarto en el que estaban Paul Volker (Reserva Federal), James Baker (secretario del Tesoro), Jacques de Larosière (director del FMI), Robert Mulford (también del Departamento del Tesoro) y un par más de la “crema” de Washington. Ante ellos “había que explicar el plan y convencerlos”. Sourrouille cuenta que pidió un pizarrón, para contar durante alrededor de dos horas cuál era la idea, con un nivel de detalle del tipo “tal día, tal cosa, tal día, tal cosa, tal día, tal cosa”. Hasta que Volker, la persona más poderosa del mundo político en materia económica por entonces, se paró y dijo “estoy de acuerdo”. La frase con la que Sourrouille cierra el relato, para ilustrar de manera descarnada cómo funciona este mundo y el poder de los Estados Unidos en esta materia, lo dice todo: “Yo nunca he tenido una reunión con el staff del Fondo. Si algún ministro la ha tenido, pierde tiempo, no sabe lo que hace”.

O el relato de su renuncia y el momento final, en el que al hacer una evaluación se emociona por haber estado en un gobierno que cumplió el objetivo de pasarle el mandato a otro elegido por el pueblo.

Por otra parte, realiza una gran cantidad de definiciones de tipo “económico”, si se quiere.

Por ejemplo, al ser consultado sobre la disyuntiva ortodoxia y heterodoxia, señala: “ortodoxo es el modelo ese, el de que la inflación hay que restringir la demanda. Yo creo que eso no es ortodoxo, creo que está mal, que es otra cosa. Son temas. No pretendo tener toda la razón pero tampoco le reconozco toda la razón a los otros, en este territorio”. ¿Qué tal?

Otra:  “No puede lograrse una integración argentina al mundo con un tipo de cambio bajo, eso ha quedado más que demostrado. Y con un tipo de cambio alto, depende de la política inflacionaria”.

Y, en un aspecto que a mí me hizo recordar a algunas cosas que se dicen del kirchnerismo, cuando explica la política de precios del Austral: “El gobierno nunca tuvo inspectores de precios o sanciones administrativas por precios, hubo un solo caso, era más bien una cosa de llamar la atención. A alguien que se estba haciendo el distraído, muy bien, venga a la mesa y discutamos de nuevo”.

Pero la parte que a mí más me impactó y que recomiendo ver completas sí o sí, está en la tercera parte, a los 43′ 50” bajo el subtítulo ” Los empresarios y la inversión”. Dura (8′ 29″).

Allí, Sourrouille, explica una de las patas que le faltan a la Argentina y para la que él no encuentra solución: la empresarial.

El economista explica que que el éxito de una política económica “siempre se mide en términos de quién invierte, no con el corto plazo” y reconoce que para 1987, su administraicón “no lograba instaurar un mecanismo de convicción con respecto al futuro”.

Ahí hay un punto interesante sobre la cuestión de la Inversión Extranjera Directa que tanto se menea.

“La decisión extranjera sobre la inversión local es siempre marginal. Si se invierte más o menos un 20 por ciento del producto total, de esos 20 puntos 17, 18, 19 son de fuentes domésticas, decisiones domésticas. (…) (Eso) tiene “más peso que el que a un señor que está en Wall Street ponga un peso acá”. (…) “(Esto) no ha habido sistema de política económica que termine de resolverlo. Que vienen  inverseiones del exterior, bueno, que vengan, bienvenido sea, pero yo no los voy a ir a buscar, yo lo que quiero es que los que están acá inviertan”.

Y luego una parte muy impactante: “el mundo empresario convencional, moderno (de 100 años a esta parte, no hace dos meses) en general funciona por las sociedades de capital abierto, las bolsas. En la Argentina hace muchos años que no hay una empresa que se inscriba en la bolsa con el sano objetivo de lograr que alguine le ponga dinero, como (hizo) el señor Bill Gates, que empezó en un garage, tomó deuda, esa deuda se le hizo más cara, fue a la bolsa y así. Acá no hay Gates, desde ya. pero tampoco hay Subgates ni Gatos. No hay empresas o empresarios que hayan mostrado una voluntad de llevar adelante su empresa con independencia de lo que el país es“.
Entonces, señala:  “Y, con ministros de economía como vos, qué querés que haga uno, me dirán. Es posible que así sea. Pero con ministros de economía como los que hemos tenido excluido yo tampoco estas cosas andan”.
Y pregunta “¿cuántas empresas argentinas de un patrimonio superior a mil millones de dólares, que no es un número grande en el mundo de hoy hay. No las hay. La idea de invertir no es solamente ‘le doy un beneficio a un señor’. Es una cuestión de voluntad ante una Nación que no la ha habido“.

Ahí se mete entonces con la idea que tenía su equipo en cuanto a la administración del conflicto (basado en la idea de que la Argentina tiene un sistema inherentemente conflictivo en el que hay que operar, véase el famoso libro de Mallon y Sourrouille). “Probablemente nuestro sistema de administración conflicto-recurrente en algún momento parece razonable y en otro parece
no razonable e ‘inconfiable’ porque ‘acá vamos a vivir en el conflicto perpetuo’. La verdad es que el modelo del conflicto es analíticamente útil y yo creo en él pero del otro lado, como propuesta para una sociedad, la vida en el conflicto permanente a veces no es la más atractiva, podría yo decir”.
Si bien reconoce el fracaso, Sourrouille llama a ver que esto no se ha solucionado en la sociedad argentina.
“En los 90 lo que hemos visto es una forma extrema de resolver este conflicto. ‘Bueno, está bien, basta, que vengan ‘los otros’. Mirá, no pasa mucho tampoco y yo no creo que pase mucho en una sociedad con que vengan ‘los otros’ y que resuelvan sus problemas”.

De gran formación profesional, con el carácter estructurado en el CONADE de los 60, donde había “300″ tipos muy bien pagos para estudiar cómo funciona este país, Sourrouille, me parece, es de los hombres públicos de los que quedan pocos.

Teníamos y tenemos un sueño. Que efectivamente la constitución valga igual para todos”. A mí dejame estos economistas. Dame estos “hombres de Estado”. Equivocados, o no, pero que todavía tienen sueños.

Autor de la foto.

Nicolás Tereschuk (Escriba) : "Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).