La más maravillosa música

 

(Este post lo armamos Mariano Fraschini y Nicolás Tereschuk)

La política argentina ha cambiado en algo en 2012 y lo ha hecho de un modo que no nos permite echar mano a comparaciones con el pasado reciente. De los ex candidatos presidenciales que reunían el “46 por ciento que no la votó” sólo sigue adelante con su carrera política Hermes Binner (perdón, Jorge Altamira, eh), quien obtuvo poco más del 16 % de los votos a nivel nacional, algo más de 3,6 millones de votos.

Con el fracaso político de Elisa Carrió (el radicalismo siguió sin levantar cabeza de la mano de Ricardo Alfonsín), el “no peronismo” ha quedado aún más diluido que tras el fracaso político de la Alianza. Por ahora, no queda más que Cristina en el panorama político nacional. No queda más que Cristina ante la pequeñez de la oposición. Y, como consecuencia de decisiones propias y del contexto, de la virtú y la fortuna, no queda más que Cristina como figura nacional del oficialismo en este momento. Los efímeros “cacerolazos” le reclaman a ella. Los “pibes para la liberación” entonan sus consignas para ella. Nuestros posts hablan de ella. No sabemos si esto va a durar, pero sí tenemos que entender que esto es nuevo.

La centralidad que van adoptando los liderazgos presidenciales en Sudamérica, que hemos tratado en este blog de manera abundante, hace que las demandas populares, para bien o para mal, se dirijan a sus conductores. Y acá la mirada se posa en ese lugar: en quien ocupa la Casa Rosada. La dinámica política que descansó durante décadas en el par oficialismo – oposición, hoy parece estar representada más por el par “Presidente- oposición” o por el par “Presidente- oposición y todo lo que haya atrás”.

Cristina no elude esa centralidad que no es teórica, existe de hecho. Y habla. Porque, acordémonos: esos días en que no habló luego de la tragedia de Once este año, hasta los que la queremos nos sentimos huérfanos. Habla porque si no llena ese vacío, ese vacío se hace demasiado grande. El vacío en el sistema político, que ya es grande. ¿O no es grande? A vos te decimos, mecánico que arreglas el motor del Tango 01.

Es interesante ver que cuando un “oficialista” o un “opositor” habla de Cristina se refiere, para bien o para mal sobre cómo habla -en la forma en que la critican Sarlo o Viau o en la forma en que los “fans” de la Presidenta festejan su tono-, cuánto habla, qué temas toca o deja de tocar. También sobre si corresponde o no que sea ella quien toca los distintos temas o si no sería mejor que lo hagan los ministros en algunas ocasiones. Claro que, por ejemplo, como ha ocurrido en el caso del conflicto en subtes, cuando es un ministro el que toma la palabra, desde las veredas opositoras se exige que sea ella quien hable. Como si reclamaran otra cadena nacional más.

De todos modos, es interesante salirse de estas polémicas en torno a si Cristina habla mucho De si hace muchas cadenas nacionales o pocas. De si los actos todos los días están bien o mal. La pregunta que nos parece más interesante es ¿a quién le habla Cristina?

Los discursos políticos pueden tener distintas funciones. Una puede ser la búsqueda de influencia en la realidad política concreta, marcando una posición, atacando a un adversario, defendiendo un argumento, anunciando, bendiciendo o condenando. Pero hay otras. La impresión que dejan las múltiples alocuciones de Cristina en los últimos tiempos es que las funciones de los discursos se mezclan, la audiencias a las que van dirigidas las palabras se bifurcan, los niveles de sus palabras quedan entreverados. Parece natural cuando se espera de uno que de respuestas a todo, cuando alguien se ha convertido en la “ventanilla única” para los reclamos de toda la sociedad. Y sin embargo ahí hay algo.

Así, por ejemplo, cuando Cristina habla del periodista Marcelo Bonelli: ¿a quién le está hablando? ¿la atención de quién quiere llamar?Cuando nos comenta sobre Bonelli ¿le habla a Clarín, a la oposición, al periodismo, a los trabajadores que la escuchan en la planta inaugurada, a cada uno de los televidentes de la cadena nacional, a quién? ¿Qué parte de su audiencia sabe quién es Bonelli? ¿Cuántos de esa audiencia le creen algo a Bonelli? Aún a los muy “informados” puede no quedarles claro por qué ahora es importante una versión publicada y luego desmentida. Por qué ahora tomar un tema tan constitutivo del periodismo argentino como la falta de claridad en su financiamiento.

Si volvemos a esta impresión proveniente de personas que muy poco han hablado en público y jamás para tanta gente: daría la sensación que Cristina se embarulla cuando se mete en ese berenjenal en el que se diluye el destinatario y se ordena cuando queda muy claro el “ustedes” al cual convoca. Queda claro cuando se trata del “ustedes” pueblo, el de “ustedes” jóvenes, el de “ustedes” mujeres, etc. Pero cuando la cosa viene por el “tal” o “cual”, con mensajes a tres, cuatro bandas, cuando parece cuestionar a alguien sin nombrarlo, las palabras entran en un terreno en el que es fácil perderse.

Hay otro elemento que “ordena” los discursos de Cristina -elemento que la Presidenta maneja muy bien, como en la Bolsa de Comercio o en Vélez- y de otros líderes latinoamericanos. Es la función “pedagógica” de los discursos. Cuando quien habla explica los por qués, los para qués. Cuando se busca enseñar la propia verdad (relativa, como decía Néstor). Cuando el presidente se toma el trabajo de contar desde dónde viene una situación, hasta dónde se quiere llegar y de qué forma convoca a participar en eso.

En ese dirigirse a “ustedes”, en esa idea de enseñar, de explicar todo lo demás queda a un lado. Cómo van a reflejar los medios el discurso mañana, qué piensan los de la primera fila, qué gritan los de un poco más atrás, qué cara pone el gobernador del costado, qué van a decir en el Comando en Jefe de la “otra” Cadena. Todo eso deja de importar si se quiere convencer, convocar, animar a ese “ustedes” al que van dirigidas las políticas públicas.

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