Segundos afuera

Una aclaración que proviene del intenso intercambio entre los editores de este blog durante estos días. Lo interesante de escribir en un blog es la posibilidad de decir “no sé”.  No sabemos bien por qué pasa lo que pasa. Del recorte de informaciones que se ven acá o allá, del cruce de mensajes en los discursos no se llega a entender lo que ocurre en el fondo. Sumado a todo aquello de lo que uno no tiene ni idea. Porque ¿qué es “Cerro Dragón”? ¿Dónde queda? Tenemos apenas un puñado de interpretaciones y sensaciones. El chiste está en “equivocarnos” y en “pegarla” mientras ocurren los acontecimientos. Junto con otros muchos. Como ya pasó tantas veces en este blog. 

Hoy sale doble post, acá va.

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Escribió Mendieta:

 

Lo que aprendí.

Con años de militancia. Muchos años.

Con haber pasado por más de un partido, que es, como decía un viejo, nada más ni nada menos que una herramienta. Varios partidos.

Perdiendo, perdiendo, perdiendo, ganando, perdiendo, ganando. Muchas veces.

Cambiando. Una vez, dos, miles. Porque el que no cambia pierde, gana o empata, pero se estanca. Y porque hay veces que hay que cambiar para seguir siendo el mismo.

Lo que aprendí aprendiendo:

Que sigo sin saber qué es el peronismo. Pero tampoco sé cómo y por qué aprendí a caminar. Y camino.

Que soy peronista.

Que los peronistas somos bravos. Y entonces no tememos a la traición si el fin de la traición lo amerita. Y por eso festejamos el Día de la Lealtad.

Que los peronistas somos cambiantes. Esto es: no somos lineales, ni dogmáticos, ni compramos recetas envasadas sin fecha de vencimiento. Darwinianos, de un modo raro, nos adaptamos. Mutamos. Sobrevivimos. Y por eso Perón intentó, con las 20 verdades, vanamente, ordenarnos.

Que los peronistas somos demasiado humanos. Y entonces no tememos ese costado que aterroriza a los que no dudan: las contradicciones, las idas y vueltas, el reflujo.

Que los peronistas, de un modo extraño, no somos hipócritas. Y entonces hoy nos juntamos, mañana nos peleamos, pasado mañana nos volvemos a juntar. Y entonces somos tolerantes y comprensivos con los que hoy, por ejemplo, se juntan en una plaza con los que ayer y antes de ayer los acusaban de las peores cosas a esos que ayer estaban con nosotros.  Sí, te la pongo fácil camarada: nos parece bien que te juntes hoy con Moyano en la Plaza. Te estás peronizando, camarada, y nos parece bien. Y te lo recordaremos cuando mañana nos juntemos con alguno que hoy va a la Plaza y nos acuses de cambiantes. Te lo vamos a recordar. Así como elegiremos olvidar que hoy algunos compañeros fueron a la plaza con vos, camarada.

Que los peronistas, de un modo extraño, somos muy tolerantes entre nosotros. Por eso antes gustábamos mucho de cagarnos a trompadas. Pero aprendimos.

Que los peronistas creemos mucho en la conducción, que no es lo mismo que las personas que conducen. La conducción es una cualidad permanente, los conductores deben revalidarse a diario. Entonces, como somos tolerantes, hoy no pedimos explicaciones, mañana tampoco, pasado sí.

Que entre los peronistas hay de todo. Mártires, asesinos, ángeles, santos y demonios. Hijos de mil putas. Cobardes. Valientes. Negros. Rubios. Pobres. Ricos. Pero que el peronismo es un colectivo que está, que debe estar, por encima de nuestras pobres individualidades. Por eso lo único que legitima un accionar peronista es la búsqueda del bienestar del pueblo –ese perpetua incerteza-, y todo lo que se haga contra él no es peronista aunque lo haga un peronista.

Que los peronistas somos incomprensibles, aprendí.

Nada más. Qué cagada.

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Escribió Nicolás Tereschuk (Escriba):

Una forma que me parece fructífera para hacer un análisis político es pararse en un lugar ficticio en el que, a priori, no existen las conspiraciones.

Me parece que esto ayuda a ver mejor el horizonte y delinear posibles escenarios futuros. No porque las conspiraciones no existan. Sino porque ¿cómo diferenciar en el mar de la política lo que es una conspiración de aquello que no lo es?

¿No “conspiramos” con el delarruismo (con el de-la-rru-is-mo) para ganarle al PJ que salía del menemismo? ¿No “hicimos” traer a un senador correntino en un avión patagónico para votar una ley contra el Gobierno? La política es así. Todos mueven sus fichas. Y cada uno va juntando lo que puede como puede. Y moviéndolas cuando le parece que es hora.

¿Y entonces qué significa la marcha de Moyano a Plaza de Mayo? Varias cosas:

  • El final de una sociedad que fue fructífera entre el kirchnerismo y Moyano.
  • Un final de una sociedad que no sabemos por qué se da. Porque la movilización de Moyano de hoy difícilmente pueda pensarse que es por la alícuota de un impuesto. Y porque la presidenta Cristina Kirchner  dice una serie de cosas muy importantes pero de las que no se llega a ver con claridad por qué se llega a este punto de ruptura con un aliado del kirchnerismo. Lo mismo ocurre con lo que dice Moyano, ahora que habla tanto en tantos lugares. No se entiende. Siempre parece haber “algo más de lo que se dice”.
  • Si este es, como parece, un juego de suma cero, los dos principales actores de esta tensión política perderán algo en el camino.
  • El discurso de gremios como SMATA o la UOM -a quienes resultaría improbable aplicarles un ‘peronómetro- en cuanto a la necesidad de cuidar la situación ante un escenario económico complejo, un escenario internacional incierto, tiene el tono, la métrica probable del discurso de un secretario general de la CGT en el actual contexto. Es innegable entonces que el hecho de que se haya llegado a un punto en el que quien sí es secretario general de la CGT considera que el único camino que le queda por delante es “hacer cualquiera”, como es la marcha a Plaza de Mayo, no es “bueno” para nadie. Podrá ser lo que la Presidenta y Moyano consideran que necesitan en este momento de disputa; pero “bueno”, no es.
  • Porque si al menos una parte de la política es producir la alquimia que permite que los “extraños” se conviertan en “propios”, acá hay algo que se pierde. Si una parte de la política es lograr que la CGT apoye el matrimonio igualitario y la política de Derechos Humanos, que el intendente de Florencio Varela se interese por la situación de la democracia paraguaya o que el secretario general de la central obrera firme la pauta salarial de referencia que le conviene al Gobierno entonces algo se va con todo esto.
  • ¿Tenían otra posibilidad que no fuera ir al choque final los actores en cuestión? No lo sabemos. Si hubiera algunos “diputados sindicales” más ¿cuál sería la diferencia? ¿Cristina tendría más cerca a Moyano o Moyano tendría más poder de fuego ahora en el Congreso? Tampoco es eso. Acá hay algo más, propio de la terra incognita en la que se ha convertido la política argentina en el tercer mandato kirchnerista, sin camino de reelección pautado.
  • La presidenta Cristina Kirchner ratifica a quien lo quiera escuchar su vocación de poder y de mantenerse en el poder sin negociar con otros actores los tiempos ni las estrategias de esa vocación.
  • Lo hace con solvencia y hasta con facilidad a la hora de imponer medidas y estrategias a los empresarios. La pregunta vuelve a ser si un sindicalismo debilitado, uno que tiene una capacidad innata de causarle escozor a los sectores que critican al Gobierno por sus aciertos y no por sus errores,  no se convertirá en una baja demasiado relevante en las filas de la Casa Rosada.
Las preguntas se van a ir resolviendo a partir de estas horas porque, lo que queda claro, es que sobre esta situación, al menos, las cartas parecen echadas.

Foto.

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