El tan ansiado fin de la política

“Ahora está claro, está todo a la vista: ahora no pueden engañar a nadie”, pensé, al enterarme de que los protagonistas de la patriada patronal para quedarse con todo autodenominada “El Campo” traen como instructores, para preparar políticamente a su gente, a Vicente Massot y al Rabino Bergman, aquel que le cambió el “libertad, libertad, libertad” al Himno Nacional por “seguridad, seguridad, seguridad”, con lo cual hizo algo mucho peor que destrozar torpemente la métrica del verso. Pero el componente fascista del rabino –y espero que la DAIA no me acuse de antisemita por criticarlo– no es tan de notar, porque es el mismo componente fascista (nótese que digo “componente”, no lo acusé a él de fascista) que anima a la mayor parte de los que conducen la Patriada Campera y a los que salen a vitorearla en las rutas o en Avenida Santa Fe. La cuestión es Massot, que alguna vez dirigió una revista, Cabildo –a la que sí con ninguna reticencia se puede vincular a la palabra “fascista”–, que debió renunciar al cargo de ministro de Menem porque habló de más a favor de la tortura y que, como director del diario Nueva Provincia, tiene un nombre y una actuación que inmediatamente connotan, por una infinidad de poderosos motivos, un hecho de nuestra historia: la dictadura 1976-1983. Aun si uno piensa en La Nación o La Gaceta de Tucumán, e incluso si piensa en el masserista Convicción, pocos diarios tan identificados con la dictadura como La Nueva Provincia, y ahí anda Massot, dando clases de política, diciéndoles a los “hombres del campo” lo que tienen que hacer.

“Bueno”, podría pensar uno, “todo está más claro. La escena anticipa lo que se viene: ¿eso, entonces, la dictadura, es lo que quiere ‘la gente que está con el campo’? Uno supone en principio que la respuesta va a ser “no”, que más de uno, o unos cuantos, ante semejante evidencia, se van a apartar. Pero después uno lo piensa y la frase “error, error” empieza a titilarle en la mente. No es cierto, simplemente no es así. De ningún modo –esa es la triste realidad– quedar pegado a la dictadura es hoy un elemento que le juegue a casi nadie en contra, no al menos en la cancha en la que sale a jugar esta gente: la batalla por el voto de las mayorías, en especial de las capas medias. No digo que les juegue a favor, pero seguro que no en contra: son muy pocos ya los que quieren seguir sosteniendo “esos prejuicios”, de los que “demasiado abusaron los Kirchner”; y, por el contrario, más bien se tiende a pensar que hay que “dejar el pasado atrás”, “mirar para adelante”. Qué mejor prueba entonces de que el pasado quedó atrás que hacer la vista gorda a cuestiones como lo que hizo Massot hace más de un cuarto de siglo, si al fin y al fin y al cabo quién no se equivocó alguna vez.

No es que quienes dan la tónica a esa media imprecisa (y muy media) a la que se ha dado el nombre “la gente” quieran exactamente que se vulneren los derechos humanos ni que retornen los grupos de tareas (aunque “en esos años no había tanta delincuencia, hay que reconocerlo, ¿no?”). Lo que quieren es que la raya de lo tolerable deje de pasar por ahí, que el tema desaparezca de escena, que no se hable más de eso. Están cansados. Sienten que durante un montón de años, desde 2003, exactamente, vienen imponiéndoles sin preguntarles la obligación de aceptar un discurso y una posición y una serie de valores y, simplemente, ya no lo aguantan: “sáquennos eso de encima”, ruegan, más o menos tácitamente, deseosos o más que deseosos de volver a la normalidad, es decir de recuperar una vida libre de incómodos compromisos políticos y en la que cada uno se dedica a lo de uno, tal como se supone que corresponde a partir de la posmodernidad, evidencia de la que el bruto de Kirchner, que nunca debe haber leído a Gilles Lipovetski, se empeña en no tomar nota, lo que lo lleva a seguir hablando de responsabilidad colectiva, de principios y de esfuerzo, a abrazarse con Chávez y a mandar a su esposa a sacarse fotos con Fidel.

Lo que salieron esos representantes típicos del personaje “la gente” a reclamar, cuando salieron, a partir de marzo, con cacerolas, o a respaldar con bocinazos, cuando respaldaron a la burguesía engordada a soja que les cortaba las rutas, era algo bien concreto, aunque no fueran capaces de precisarlo con estas palabras: el fin de la política. No lo llamaban así, claro, no lo llaman así. En su léxico, eso cuando quieren decir que se termine la política no dicen “política”, dicen “intolerancia”, dicen “autoritarismo”, dicen “confrontación”. Y entonces, lanzados contra esos tres males se vuelven crispadamente intolerantes, y de manera autoritaria, intransigente, confrontan, y lo hacen con mucha más violencia que el enemigo al que atacan (el gobierno kirchnerista y sus defensores), pero es que pueden hacerlo porque parten de una idea básica, que es en el fondo, aunque nunca van a planteárselo en esos términos, una idea de clase: como muchas otras cosas, la intolerancia y confrontación están mal si las ejercen algunos pero está bien si las ejercen otros. Ocurre como con muchas otras cosas, muchísima: hay gente que tiene derecho a hacerlo y otros no. ¿Por qué? Porque sí, porque el asunto de la igualdad de la gente se recita pero no se practica. Ejemplos: los palestinos no tienen derecho a tirar cohetes pero los israelíes sí; Israel tiene derecho a tener sin autorización de la ONU la bomba atómica pero no Irán ni Corea del Norte; los cultivadores de soja tienen derecho a tener cortadas durante semanas las rutas pero los desocupados del conurbano no pueden cortar una avenida medio día; los empresarios secuestrados por delincuentes tienen derecho a que todo el mundo se preocupe por su suerte y estén pendientes todos los canales para ver en qué momento los liberan y en qué condiciones regresan a sus atribuladas familias, pero los chicos dejados bajo la lluvia porque Macri los desalojó no tienen derecho a generar semejante preocupación, y, si se mueren, se mueren, así es la vida. Así son las cosas: es la realidad, “y si la murga se ríe, uno se debe reír”, como dice el tango de Gorrindo. “Y sé que con mucha plata uno vale mucho más.”

Se trata, nada más, de ser realistas, de que no vengan de nuevo a pedir sacrificios, si lo que la gente quiere es vivir tranquila, que no la molesten, sin meterse en lo que no les importa y procurando que no se metan con ellos, ni las otras personas ni el Estado, por ejemplo a través de la evasión de impuestos. Claro que en el medio hubo un país que se vino abajo y mal que bien hubo una mano decidida que pudo, por talento o casualidad, ir sacándolo adelante, así que, mientras iban recomponiéndose del desastre y viendo si podían considerarse a salvo del precipicio toleraron que se les hablara de derechos humanos durante algunos años si ese discurso acompañaba la recuperación de cierto bienestar y cierta previsibilidad, y en algunos casos hasta simularon que compartían el interés en los derechos humanos y hasta hubo quienes se autoconvencieron de que eran fervientes partidarios de esa causa, pero todo tiene un fin. El quiebre se produjo al llegar a un cierto nivel de estabilidad, un horizonte no amenazante, panzas llenas y la posibilidad de que al terminar la escuela los hijos no tuvieran que ir de repositores a un supermercado o a cartonear. Mejor dicho, el quiebre se produjo cuando, en medio de todo eso, cuando uno podía dedicarse a disfrutar y a respirar, pasado el miedo, se dieron cuenta de que los Kirchner seguían con su discurso confrontativo, hablando de América latina y recibiendo a Evo Morales y a Chávez, y dándole con todo eso del setentismo, que encima ni siquiera les correspondía, porque ya avisó Martín Caparrós, el-que-se-las-sabe-todas, que a eso del setentismo se lo apropiaron sin merecerlo.

Es que si es cierto que si, desde 1983, casi nadie quiere volver a una dictadura, son muy pocos también los que están dispuestos a que este deje de ser el país que dejó la dictadura. Hay como un reflejo condicionado insertado a fuego en los estratos más bajos de la corteza cerebral de los argentinos: protestar, todo lo que quiera, pero nada de delirios. Y el problema es que fue contra eso contra lo que atentó, al menos discursivamente –no sólo discursivamente, pero con que fuera discursivamente es suficiente– el kirchnerismo. ¿Eso quiere decir que nunca antes, desde fines del 83 en adelante, estuvo en cuestión el proyecto de la dictadura? ¿Y el Nunca Más, entonces? ¿Y los juicios a las juntas? Dejando de lado lo que después ocurrió con Punto Final y Obediencia Debida, y dejando de lado incluso el modo autolimitado en que lo hizo, los procesamientos y las condenas a los miembros de la dictadura y a algunos ejecutores de su política represiva durante el alfonsinato afectaron a las personas que condujeron y ejecutaron el programa que instaló el proyecto de la dictadura, pero no afectaron al proyecto mismo. Y es precisamente el proyecto de la dictadura, denunciado en gran parte en la famosa carta de Walsh y explicitado por la dictadura misma, lo que nunca se tocó, ni durante Alfonsín ni durante Menem ni durante De la Rúa ni durante Duhalde.

Esto es: con todo el recitado de la palabra democracia y la promesa de que con democracia se iban a levantar las persianas de las fábricas, y con la linda gente andando libre y democráticamente en bicicleta por la calle, lo que el alfonsinato no sólo dejó intacto de la dictadura sino hizo profundamente suyo –porque es constitutivo de la existencia del propio alfonsinismo– fue lo fundamental: por un lado, la reconversión que la dictadura hizo del país todo y en particular de su estructura económica y del Estado, y, por el otro, la seguridad que la dictadura obtuvo de un compromiso de parte de la sociedad entera, y a largo plazo: nunca, de ningún modo, nadie iba ya a tolerar la más mínima posibilidad de poner en cuestión el orden económico-social existente (es decir, la distribución de la propiedad de los bienes).

De ahí que a partir del 83 se empezara a hablar con insistencia y entusiasmo de “sistema democrático”: había que preservar y defender el sistema democrático, se decía y repetía para que nadie lo olvide, olvidados todos de repente de algo que unos pocos años antes muchos sabían muy bien: la democracia no es un sistema, es un régimen, en tanto al hablar de “sistema” se está hablando de cosas como “capitalismo”, “socialismo”, “comunismo” o “sistema feudal”. Hablar de “sistema democrático” quería decir –se lo entendía claramente sin explicitarlo nunca– “ni se te ocurra sacar los pies, ni en pedo ni en sueños, del plato del sistema capitalista –es decir, de que los explotadores sigan explotando a los explotados– y te vamos a permitir, en esas condiciones, lo que se pueda tener de democracia, es decir que votes y no te maten ni te metan en cana, y hasta que puedas decir que quienes gobiernan no te gustan.”

Y si esto pudo ser es, entre otras cosas, no sólo porque Alfonsín, Menem, De la Rúa, Chacho Álvarez, Meijide, Duhalde, Bordón o Cavallo jamás pusieron en discusión el proyecto de la dictadura, sino, y muy en especial, porque tampoco lo puso en discusión “la gente”. Y no lo puso porque no quiso, ni quiere, aunque haya parecido quererlo en algún momento del 2001 y el 2002. No es que “la gente”, ese ente que en los 80 simbolizaba la Doña Rosa a la que miraba a los ojos cuando miraba a la cámara Neustadt, quiera que vuelvan los Falcon ni los operativos nocturnos ni los chupaderos ni los entierros clandestinos ni los vuelos de la muerte (aunque alguna picana a algún chorrito no estaría mal). Ni, menos aun, que le prohíban ver culos y tetas por TV, o que impidan que los conductores de TV digan “culo” y “teta”, ni que les vayan a secuestrar y torturar a un sobrino descarriado, ni que los metan en una guerra con el Reino Unido ni bancarse el mal gusto de soportar presidentes de uniforme. Nada de eso, no. Pero a la herencia fundamental de la dictadura que no la toquen porque está metida en cada glóbulo de la sangre, y eso ocurre porque, en lo principal que se propuso, la dictadura triunfó, y no sólo en cuanto a la reconversión estructural y económica. Un slogan de la dictadura era “un cambio de mentalidad” (estas eran las palabras): lo logró. Y el propio Videla había dicho que el Proceso se iría cuando tuviera asegurada “la cría del Proceso”: ¿se dará cuenta o no, en su confortable encierro, que sí, que a eso lo obtuvo, y que el Proceso, a la manera de un Alien que se propaga dejando sus genes en las células de otras especies, continúa actuando, vivito y coleando, en la subjetividad de muchos argentinos, incluidos algunos que ni siquiera habían nacido en el 76?

Esa es la línea que vino a interrumpir, sorpresivamente para muchos (incluso para muchos de los que hoy lo apoyan, tal vez la mayor parte) Néstor Kirchner. Y es curioso, porque tanto en lo económico como en cuanto a la concepción de lo político-partidario y de la organización popular, Kirchner es fundamentalmente un continuador de la línea que empieza en Alfonsín y se continúa hasta Duhalde (aunque tampoco en esos aspectos se le pueden negar cambios importantes). No va por ese lado lo principal que trae de nuevo sino por el tan despreciado por Caparrós “setentismo”, o, mejor aun, por algo mayor y más importante, de lo que el setentismo es apenas un aspecto y no el más importante: la idea de lo político como confrontación, conflicto, lucha de intereses. Y eso es lo que no se le perdona. Y no se le perdona que traiga a sus discursos la idea de “solidaridad”, que, aunque no la lleve mucho a cabo en la práctica, termina por hartar que la mencione o sugiera tantas veces, como si todo el mundo tuviera que hacerse responsable de lo que les pasa a los otros, que no saben cuidarse por sí mismos, a la vez que hay que soportar la sensación de que vivimos gobernados por gente demasiado demodée, y de que se nos quiere obligar a hacer algo que no tenemos la menor gana de hacer, porque el ser humano al fin y al cabo es un animal egoísta, hay que ver las cosas como son.

Algo se pide, entonces, algo se reclama. Y “la gente” está dispuesta a salir por esa otra cosa que se pide, en fila detrás del batallón de vanguardia de “el campo”, con el acompañamiento jadeante de ansiedad de las dos alas del proyecto restituyente del pre-kirchnerismo (el ala panradical Cobos-Giustiniani-Carrió-López Murphy-Binner y el ala neomenemduhaldista Macri-De Narváez-Solá-Reutemann), con la poderosa logística de las consultoras y el impresionante poder de fuego de la fuerza entre las fuerzas: los medios. ¿Y qué es esa cosa que se pide? Lo mismo que salieron a pedir muchos, muchísimos, de los que salieron en 2001 cuando golpeaban cacerolas al grito de “que se vayan todos”: no que se vayan los gerentes y los dueños de las grandes empresas, ni, menos aun los comunicadores o los propietarios de los medios: que se vayan los políticos y los sindicalistas. Que en vez de políticos y sindicalistas vengan administradores eficientes que les cuiden los fondos y no dejen piqueteros salir a entorpecer el tránsito. Eso era en ese momento. Después lo dijeron con más claridad, ya pidiendo palos y poder de fuego concreto, con velitas en la mano, en las marchas de Blumberg, en 2004, casi inmediatamente después del acto de la Esma y del descuelgue del retrato de Videla, como para que quedara claro que ya está bien con eso de remover el pasado y que las fuerzas del Estado están para defender otras cosas, y muy especialmente, a otra clase de gente. Y con más claridad todavía lo dijeron en la primera mitad de 2008: “andate montonera conchuda”. Ahora ya no piden que se vayan los políticos, sólo algunos: los que hacen política, entendida como conflicto, lucha de intereses.

Lo que pide “la gente”, lo que clama, es que se termine con “la confrontación” y “la intolerancia”: es decir, con la política, si política es otra cosa que transa y modos en que algunos se ponen de acuerdos para obtener beneficios. Y la política de la antipolítica tiene, en mi opinión, un nombre: fascismo. Un fascismo light, digamos, un fascismo soft, pero fascismo. O, para evitar la irritación de algunos, llamémoslo con una palabra más precisa: cualunquismo, lo que no sé si no es peor. Pero eso piden: “basta de política, queremos dedicarnos a nuestras cosas, que nos saquen los negros que ensucian las calles, que los sojeros se llenen de la plata que luego se desparramará hacia todo el mundo, que no nos vengan con discursos socializantes que nos distraen de las preocupaciones de Luciana Salazar en los programas de Rial y Canosa, o de disfrutar las ironías de Wainrach, tan por encima de todo. No queremos ser una sociedad dividida como Venezuela, no queremos las paredes descascaradas que deslucen el malecón de La Habana, queremos presidentes que no sean objeto de burla de El País de Madrid”. Y es muy probable que lo logren: una feliz Argentina cualunquista sin política, quizá aliviada de pobres gracias al aumento de la policía, las cárceles y la acción del paco, más alejada de la Unasur o en una Unasur que gracias a una Argentina reciclada al gusto de la Argentina postkirchnerista quede convertida en exótico objeto decorativo para consumo turístico del Primer Mundo del que nunca debiéramos habernos ido. Atrás, en el camino, mirando los hielos del Calafate, un hombre y una mujer a los que habremos debido muchas cosas concretas, más que a cualquier otra persona en un cuarto de siglo, masticando quizá la pregunta de por qué no pudieron transmitir a “la gente” su fe en la importancia de la política, quién sabe si conscientes de que algo puede haber tenido que ver en esa imposibilidad su incapacidad o su falta de interés en articular algo con los sectores del pueblo que sí estaban y están, tanto como ellos o más, también interesados en restituir la política, pero no encontraron los modos y, cuando intentaron, no fueron escuchados, o todo fue una suma de malentendidos, de esos que tan bien saben explotar los que mejor que nada saben hacer eso: explotar.

: Daniel Freidemberg. Argentino, nacido en 1945 en Resistencia (Chaco), residente desde 1966 en Buenos Aires, actualmente en el barrio de Balvanera. Más información en el blog "días después del diluvio".