¿Y si Mauricio no fuera un boludo?

En estos días se han tejido más de una hipótesis en busca de una explicación a ciertas decisiones políticas que ha tomado Mauricio Macri. Ya sea con respecto al escándalo de las escuchas ilegales emanadas de la nonata Policía Metropolitana, ya sea del flamante nombramiento de Abel Posse como ministro de Educación de la Ciudad.

En general, todas ellas se pueden circunscribir a diversas variantes de un mismo diagnóstico de base: Mauricio es torpe, se equivoca, no entiende de política, etcétera.

Sin embargo, me parece erróneo homologar los dos hechos. Mientras el tema de Ciro James saltó a la luz pública contra su propia voluntad –o al menos así lo indica lo conocido hasta el momento-, el impulsar a Posse como funcionario y sostenerlo a pesar de la oleada de críticas recibidas es, sin lugar a dudas, una decisión meditada.

Si bien podemos especular con que Macri desconocía los lineamientos ideológicos del ex embajador –reforzando así la teoría del Mauricio nabo-, quisiera ahondar en otra perspectiva.

Como bien hace notar Mario Wainfeld en su columna del domingo, la estrategia de posicionamiento electoral del macrismo fue inaugurar en nuestro país “una derecha cool, que hablaba en lenguaje llano, tuteaba a todo el mundo, usaba el nombre de pila propio para identificarse, tomaba giros de la verba adolescente…”. O lo que es lo mismo: una derecha que niega ser derecha, una derecha orgullosa de su anti-política, una derecha de la blanca primacía de lo técnico sobre la negrura de la rosca y de lo partidocrático, una derecha que viene –muy moderna, aunque un par de lustros tarde- a anunciar el fin de las ideologías. El macrismo original fue –a pesar del mismo Mauricio, que sí es auténticamente de derecha en sus “íntimas convicciones”- una inteligente construcción “centrista” en lo ideológico, “transversal” en lo partidario, políticamente correcta en términos de la identidad cultural que se ofreció a los votantes (recordemos la Gabi MIchetti “progresista” que hizo sus primeros palotes en la Fundación Auyero) y con una marcada apelación a la fuerte desconfianza que nuestra sociedad tiene respecto de los “políticos tradicionales” a la hora de gestionar. “Somos empresarios, por eso sabemos hacer y vamos a hacer” era una red que sabía que pescados iba a recoger.

El único problema de toda esta, repito, inteligente construcción electoral, es que ganó. Y una vez que ganas tenés que gestionar de verdad. Y ahí se van acabando los slogans a la misma velocidad con que la sociedad porteña ve como todo sigue igual o peor. Para colmo, la primer apuesta realmente fuerte y osada de gestión de 2007 a esta parte,  la creación de la Policía Metropolitana, resultó un fiasco y una enorme oportunidad perdida para las instituciones porteñas. Con lo maravilloso que es tener la posibilidad de crear desde cero algo en el Estado (porque administrar el Estado es, en el 90% de las cosas, administrar las continuidades, y para ello basta con ver los presupuestos por jurisdicciones), chocaron el patrullero antes de arrancar, preocupados por las tajadas de las compras y las escuchas telefónicas, mucho más dignas de  un programa de chimentos de la tarde que de un servicio de inteligencia.

Pero volvamos a Posse, a las razones de la designación de Posse, que de eso se trata este post. Cuesta creer que Macri, o al menos alguien de su círculo de confianza, no supiera que se trata de un, otra vez Mario, “homófobo, racista, misógino, autoritario, apologista de dictaduras y represores”. ¿Y entonces por qué?

He aquí la otra hipótesis: hasta hace algunos años, de la derrota de los carapintadas para acá, digamos, todo tipo de reivindicación de la dictadura y del proceso militar era automáticamente censurado por “la opinión pública” sin remilgos. No había margen, en esos años en que Grondona se hizo democrático, para un discurso de ese tipo por fuera de pequeñísimos círculos. E incluso ahí había que decirlo en voz baja, como quien pide perdón por la guarangada que está a punto de decir.

Lamentablemente, estimo que eso está cambiando. Clima de crispación mediante, absurda homologación del gobierno nacional con los Montoneros (absurdos quienes homologan desde la oposición y absurdos quienes homologan desde el oficialismo, claro) y, sobre todo, la concreción de algunas políticas judiciales y públicas que, aún tibiamente, demasiado tibiamente, intentan modificar el modelo de país consolidado desde 1976 hacia acá (Aclaración para lectores con un solo ojo: dije “concreción”, no “intención”. Alfonsín lo intentó al principio. Menem también y rapidito “acentuó”, etc.)
Bien. Yo creo que Macri, obturado el camino por el PJ disidente por los sucesivos desencuentros y temoroso del reverdecer radical con Cobos, está buscando el único nicho que le queda: la derecha. Y ojo: el combo antipolítica más derecha no creo que sea para despreciar en términos de caudal electoral.

Si esta hipótesis fuese aunque sea parcialmente cierta podemos verlo de dos maneras: la mala es que, a pesar de años de una supuesta hegemonía democrática y pluralista, el germen de lo autoritario está aún fuerte entre nosotros. La buena es que la derecha-derecha nunca tuvo en la Argentina expresión electoral. Y por eso hacían golpes de Estado.

Ojalá en 2011 saquen la suficiente cantidad de votos como para que pierdan y la suficiente cantidad de votos para que sigan participando.

: De chiquito, Mendieta no quería ser bombero ni policía. Soñaba con ser basurero. Ir colgado, como un superhéroe, del camión. Despúes se las ingenió para ser y hacer muchas cosas, todas más interesantes que lo que terminó siendo: un Licenciado en Comunicación, algunas veces como periodista, otras como funcionario público. Sus únicas certezas son su sufrimiento racinguista, la pasión por el mar y cierta terquedad militante. Todo el resto puede cambiar mañana. O pasado.